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Cap.
I
[1] Ya que muchos han
intentado poner en orden la narración de las cosas que se han cumplido
entre nosotros, [2] conforme nos las transmitieron quienes
desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, [3]
me pareció también a mí, después de haberme informado con exactitud de
todo desde los comienzos, escribírtelo de forma ordenada, distinguido Teófilo,
[4] para que conozcas la indudable certeza de las enseñanzas
que has recibido.
INFANCIA DE JUAN BAUTISTA Y DE JESÚS
[5]
Hubo en tiempos de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías,
de la familia de Abías, cuya mujer, descendiente de Aarón, se llamaba
Isabel. [6] Ambos eran justos ante Dios, y caminaban
intachables en todos los mandamientos y preceptos del Señor; [7]
no tenían hijos, porque Isabel era estéril y los dos de edad avanzada.
[8]
Sucedió que, al ejercer él su ministerio sacerdotal delante de Dios,
cuando le tocaba el turno, [9] le cayó en suerte, según la
costumbre del Sacerdocio, entrar en el Templo del Señor para ofrecer el
incienso; [10] y toda la concurrencia del pueblo estaba fuera
orando durante el ofrecimiento del incienso. [11] Se le apareció
un ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso. [12]
Y Zacarías se turbó al verlo y le invadió el temor. [13]
Pero el ángel le dijo: No temas, Zacarías, porque tu oración ha sido
escuchada, así que tu mujer Isabel te dará a luz un hijo, y le pondrás
por nombre Juan. [14] Será para ti gozo y alegría; y muchos
se alegrarán en su nacimiento, [15] porque será grande ante
el Señor; no beberá vino ni licor, será lleno del Espíritu Santo ya
desde el vientre de su madre, [16] y convertirá a muchos de
los hijos de Israel al Señor su Dios; [17] e irá delante de
El con el espíritu y el poder de Elías para convertir los corazones de
los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la prudencia de los
justos, a fin de preparar al Señor un pueblo perfecto. [18]
Entonces Zacarías dijo al ángel: ¿Cómo podré yo estar cierto de esto?
pues ya soy viejo y mi mujer de edad avanzada. [19] Y el ángel
le respondió: Yo soy Gabriel, que asisto ante el trono de Dios, y he sido
enviado para hablarte y darte esta buena nueva. [20] Desde
ahora, pues, te quedarás mudo y no podrás hablar hasta el día en que
sucedan estas cosas, porque no has creído en mis palabras, que se cumplirán
a su tiempo.
[21]
El pueblo estaba esperando a Zacarías, y se extrañaba de que se demorase
en el Templo. [22] Cuando salió no podía hablarles, y
comprendieron que había tenido una visión en el Templo. El intentaba
explicarse por señas, y permaneció mudo.
[23]
Y sucedió que cuando se cumplieron los días de su ministerio, se marchó
a su casa. [24] Después de estos días Isabel, su mujer,
concibió y se ocultaba durante cinco meses, diciéndose: [25]
Así ha hecho conmigo el Señor, en estos días en los que se ha dignado
borrar mi oprobio entre los hombres.
[26]
En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una
ciudad de Galilea, llamada Nazaret, [27] a una virgen desposada
con un varón de nombre José, de la casa de David, y el nombre de la
virgen era María. [28] Y habiendo entrado donde ella estaba,
le dijo: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo. [29]
Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué significaría
esta salutación. [30] Y el ángel le dijo: No temas, María,
porque has hallado gracia delante de Dios: [31] concebirás en
tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. [32]
Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará
el trono de David, su padre, [33] reinará eternamente sobre la
casa de Jacob, y su Reino no tendrá fin.
[34]
María dijo al ángel: ¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón?
[35] Respondió el ángel y le dijo: El Espíritu Santo
descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra;
por eso, el que nacerá Santo, será llamado Hijo de Dios. [36]
Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido
también un hijo, y la que era llamada estéril, hoy cuenta ya el sexto
mes, [37] porque para Dios no hay nada imposible. [38]
Dijo entonces María: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según
tu palabra. Y el ángel se retiró de su presencia.
[39]
Por aquellos días, María se levantó, y marchó deprisa a la montaña, a
una ciudad de Judá; [40] y entró en casa de Zacarías y saludó
a Isabel. [41] Y en cuanto oyó Isabel el saludo de María, el
niño saltó de gozo en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu
Santo; [42] y exclamando en voz alta, dijo: Bendita tú entre
las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. [43] ¿De dónde
a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? [44]
Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en
mi seno; [45] y bienaventurada tú que has creído, porque se
cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor. [46]
María exclamó: Glorifica mi alma al Señor, [47] y se alegra
mi espíritu en Dios mi Salvador: [48] porque ha puesto los
ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán
bienaventurada todas las generaciones. [49] Porque ha hecho en
mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo; [50]
su misericordia se derrama de generación en generación sobre aquellos
que le temen. [51] Manifestó el poder de su brazo, dispersó a
los soberbios de corazón. [52] Derribó a los poderosos de su
trono y ensalzó a los humildes. [53] Colmó de bienes a los
hambrientos y a los ricos los despidió vacíos. [54] Acogió a
Israel su siervo, recordando su misericordia, [55] según como
había prometido a nuestros padres, Abrahán y su descendencia para
siempre.
[56]
María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa. [57]
Entre tanto llegó a Isabel el tiempo del parto, y dio a luz un hijo. [58]
Y oyeron sus vecinos y parientes la gran misericordia que el Señor le había
mostrado, y se congratulaban con ella. [59] El día octavo
fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre,
Zacarías. [60] Pero su madre dijo: De ninguna manera, sino que
se ha de llamar Juan. [61] Y le dijeron: No hay nadie en tu
familia que se llame con este nombre. [62] Al mismo tiempo
preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. [63]
Y él, pidiendo una tablilla, escribió: Juan es su nombre. Lo cual llenó
a todos de admiración. [64] En aquel momento recobró el
habla, se soltó su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. [65]
Y se apoderó de todos sus vecinos el temor y se comentaban estos
acontecimientos por toda la montaña de Judea; [66] y cuantos
los oían los grababan en su corazón, diciendo: ¿Qué pensáis ha de ser
este niño? Porque la mano del Señor estaba con él.
[67]
Y Zacarías, su padre, quedó lleno del Espíritu Santo y profetizó
diciendo: [68] Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha
visitado y redimido a su pueblo, [69] y ha suscitado para
nosotros el poder salvador en la casa de David su siervo, [70]
como lo había anunciado desde antiguo por boca de sus santos profetas; [71]
para salvarnos de nuestros enemigos y de la mano de cuantos nos odian: [72]
ejerciendo su misericordia con nuestros padres, y acordándose de su santa
alianza, [73] y del juramento que hizo a Abrahán, nuestro
padre, [74] para concedernos que, libres de la mano de los
enemigos, le sirvamos sin temor, [75] con santidad y justicia
en su presencia todos los días de nuestra vida. [76] Y tú, niño,
serás llamado Profeta del Altísimo: porque irás delante del Señor a
preparar sus caminos, [77] enseñando a su pueblo la salvación
para el perdón de sus pecados; [78] por las entrañas de
misericordia de nuestro Dios, el Sol naciente nos visitará desde lo alto,
[79] para iluminar a los que yacen en tinieblas y en sombra de
muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz.
[80]
Mientras tanto el niño iba creciendo y se fortalecía en el espíritu, y
habitaba en el desierto hasta el tiempo en que debía darse a conocer a
Israel.
Cap.
II
[1]
En aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, para que se
empadronase todo el mundo. [2] Este primer empadronamiento fue
hecho cuando Quirino era gobernador de Siria. [3] Todos iban a
inscribirse, cada uno a su ciudad. [4] José, como era de la
casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la
ciudad de David llamada Belén, en Judea, [5] para empadronarse
con María, su esposa, que estaba encinta. [6] Y sucedió que,
estando allí, le llegó la hora del parto, [7] y dio a luz a
su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un
pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento.
[8]
Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y
vigilaban por turno su rebaño durante la noche. [9] De
improviso un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor
los rodeó de luz y se llenaron de un gran temor. [10] El ángel
les dijo: No temáis, pues vengo a anunciaros una gran alegría, que lo
será para todo el pueblo: [11] hoy os ha nacido, en la ciudad
de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; [12] y esto
os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y
reclinado en un pesebre. [13] De pronto apareció junto al ángel
una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo: [14]
Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena
voluntad. [15] Luego que los ángeles se apartaron de ellos
hacia el cielo, los pastores se decían unos a otros: Vayamos hasta Belén,
y veamos este hecho que acaba de suceder y que el Señor nos ha
manifestado. [16] Y vinieron presurosos, y encontraron a María
y a José y al niño reclinado en el pesebre. [17] Al verlo,
reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas acerca de este niño.
[18] Y todos los que escucharon se maravillaron de cuanto los
pastores les habían dicho. [19] María guardaba todas estas
cosas ponderándolas en su corazón.
[20]
Y los pastores regresaron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que
habían oído y visto, según les fue dicho.
[21]
Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por
nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de que fuera
concebido en el seno materno.
[22]
Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo
llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, [23] como está
mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al
Señor; [24] y para presentar como ofrenda un par de tórtolas
o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor.
[25]
Había por entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre,
justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu
Santo estaba en él. [26] Había recibido la revelación del
Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor. [27]
Así, vino al Templo movido por el Espíritu. Y al entrar con el niño Jesús
sus padres, para cumplir lo que prescribía la Ley sobre él, [28]
lo tomó en sus brazos, y bendijo a Dios diciendo: [29] Ahora,
Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra: [30]
porque mis ojos han visto a tu Salvador, [31] al que has
preparado ante la faz de todos los pueblos: [32] luz que
ilumine a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel. [33] Su
padre y su madre estaban admirados por las cosas que se decían acerca de
él. [34] Simeón los bendijo, y dijo a María, su madre: Mira,
éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y
para signo de contradicción [35] `y a tu misma alma la
traspasará una espada`, a fin de que se descubran los pensamientos de
muchos corazones.
[36]
Vivía entonces una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de
Aser. Era de edad muy avanzada, había vivido con su marido siete años de
casada, [37] y había permanecido viuda hasta los ochenta y
cuatro años, sin apartarse del Templo, sirviendo con ayunos y oraciones
noche y día. [38] Y llegando en aquel mismo momento alababa a
Dios, y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
[39]
Cuando cumplieron todas las cosas mandadas en la Ley del Señor regresaron
a Galilea, a su ciudad de Nazaret. [40] El niño iba creciendo
y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él.
[41]
Sus padres iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. [42]
Y cuando tuvo doce años, subieron a la fiesta, como era costumbre. [43]
Pasados aquellos días, al regresar, el niño Jesús se quedó en Jerusalén,
sin que lo advirtiesen sus padres. [44] Suponiendo que iba en
la caravana, hicieron un día de camino buscándolo entre los parientes y
conocidos, [45] y como no lo encontrasen, retornaron a Jerusalén
en busca suya. [46] Y ocurrió que, al cabo de tres días, lo
encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles
y preguntándoles. [47] Cuantos le oían quedaban admirados de
su sabiduría y de sus respuestas. [48] Al verlo se
maravillaron, y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?
Mira cómo tu padre y yo, angustiados, te buscábamos. [49] Y
él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que
yo esté en las cosas de mi Padre? [50] Pero ellos no
comprendieron lo que les dijo.
[51]
Y bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto. Y su madre
guardaba todas estas cosas en su corazón. [52] Y Jesús crecía
en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres.
Cap.
III
PREPARACIÓN
DE LA VIDA PUBLICA
[1]
El año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato
procurador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo
tetrarca de Iturea y de la región de Traconítide, y Lisanias tetrarca de
Abilene, [2] bajo el Sumo Sacerdote Anás y Caifás, vino la
palabra de Dios sobre Juan el hijo de Zacarías, en el desierto. [3]
Y recorrió toda la región del Jordán predicando un bautismo de
penitencia para remisión de los pecados, [4] tal como está
escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías:
Voz
del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor, haced rectas
sus sendas. [5] Todo valle será rellenado, y todo monte y
colina allanados; los caminos torcidos se harán rectos, y los caminos ásperos
serán suavizados. [6] Y todo hombre verá la salvación de
Dios.
[7]
Y decía a las muchedumbres que acudían para que los bautizara: Raza de víboras,
¿quién os enseñó a huir de la ira venidera? [8] Haced,
pues, frutos dignos de penitencia, y no empecéis a decir entre vosotros:
Tenemos por padre a Abrahán. Pues os digo que Dios puede hacer surgir de
estas piedras hijos de Abrahán. [9] Además, ya está el hacha
puesta junto a la raíz de los árboles. Por tanto, todo árbol que no da
buen fruto es cortado y echado al fuego.
[10]
Las muchedumbres le preguntaban: Entonces, ¿qué debemos hacer? [11]
El les contestaba: El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el
que tiene alimentos, haga otro tanto. [12] Llegaron también
unos publicanos para bautizarse y le dijeron: Maestro, ¿qué debemos
hacer? [13] Y él les contestó: No exijáis más de lo que se
os ha señalado. [14] Asimismo le preguntaban los soldados: Y
nosotros, ¿qué tenemos que hacer? Y les dijo: No hagáis extorsión a
nadie, ni denunciéis con falsedad, y contentaos con vuestras pagas.
[15]
Como el pueblo estimase, y todos se preguntaran en su interior, si acaso
Juan no sería el Cristo, [16] Juan salió al paso diciendo a
todos: Yo os bautizo con agua; pero viene quién es más fuerte que yo, al
que no soy digno de desatar la correa de sus sandalias: él os bautizará
en Espíritu Santo y en fuego. [17] Tiene el bieldo en su mano,
para limpiar su era y recoger el trigo en su granero, y quemará la paja
con fuego inextinguible.
[18]
Con estas y otras muchas exhortaciones anunciaba al pueblo la buena nueva.
[19]
Pero el tetrarca Herodes, al ser reprendido por él a causa de Herodías,
la mujer de su hermano, y por todas las maldades que había cometido
Herodes, [20] añadió esta otra a las demás: metió a Juan en
la cárcel.
[21]
Cuando se bautizaba todo el pueblo, y Jesús, habiendo sido bautizado,
estaba en oración, sucedió que se abrió el cielo, [22] y bajó
el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como una paloma, y se oyó
una voz que venía del cielo: Tú eres mi Hijo, el Amado, en ti me he
complacido.
[23]
Tenía Jesús al comenzar, como unos treinta años, y era, según se
pensaba, hijo de José, hijo de Helí, [24] hijo de Matat, hijo
de Leví, hijo de Melquí, hijo de Jannaí, hijo de José, [25]
hijo de Matatías, hijo de Amós, hijo de Naúm, hijo de Eslí, hijo de
Nangaí, [26] hijo de Maaz, hijo de Matatías, hijo de Semeín,
hijo de Josec, hijo de Jodá, [27] hijo de Joanán, hijo de Resá,
hijo de Zorobabel, hijo de Salatiel, hijo de Neri, [28] hijo de
Melquí, hijo de Addí, hijo de Kosán, hijo de Elmadán, hijo de Er, [29]
hijo de Jesús, hijo de Eliezer, hijo de Jorín, hijo de Matat, hijo de
Leví, [30] hijo de Simeón, hijo de Judá, hijo de José, hijo
de Jonán, hijo de Eliakín, [31] hijo de Meleá, hijo de Menná,
hijo de Mattatá, hijo de Natán, hijo de David, [32] hijo de
Jesé, hijo de Obed, hijo de Booz, hijo de Sala, hijo de Naasón, [33]
hijo de Aminadab, hijo de Admín, hijo de Arní, hijo de Esrón, hijo de
Farés, hijo de Judá, [34] hijo de Jacob, hijo de Isaac, hijo
de Abrahán, hijo de Taré, hijo de Nacor, [35] hijo de Seruc,
hijo de Ragau, hijo de Falec, hijo de Eber, hijo de Sala, [36]
hijo de Cainán, hijo de Arfaxad, hijo de Sem, hijo de Noé, hijo de Lamec,
[37] hijo de Matusalén, hijo de Henoc, hijo de Jaret, hijo de
Maleel, hijo de Cainám, [38] hijo de Enós, hijo de Set, hijo
de Adán, hijo de Dios.
Cap.
IV
[1]
Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán, y fue conducido
por el Espíritu al desierto, [2] donde estuvo cuarenta días y
fue tentado por el diablo. No comió nada en estos días y, al cabo de
ellos, tuvo hambre. [3] Entonces le dijo el diablo: Si eres
Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan. [4] Y
Jesús le respondió: Escrito está que no sólo de pan vivirá el hombre.
[5] Después el diablo lo llevó a un lugar elevado, y le mostró
todos los reinos de la superficie de la tierra en un instante. [6]
Y le dijo: Te daré todo este poder y su gloria, porque me han sido
entregados y los doy a quien quiero. [7] Por tanto, si me
adoras, todo será tuyo. [8] Y Jesús le respondió: Escrito
está: Adorarás al Señor tu Dios, y a El sólo servirás. [9]
Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso sobre el pináculo del Templo, [10]
y le dijo: Si eres Hijo de Dios, arrójate de aquí abajo, porque escrito
está: Dará órdenes acerca de ti a sus ángeles para que te protejan [11]
y te lleven en sus manos, no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra.
[12]
Y Jesús le respondió: Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios. [13]
Y terminada toda tentación, el diablo se apartó de él hasta el momento
oportuno.
MINISTERIO DE JESÚS EN GALILEA
[14]
Entonces, por impulso del Espíritu, volvió Jesús a Galilea, y se
extendió su fama por toda la región. [15] Y enseñaba en sus
sinagogas, y era honrado por todos.
[16]
Llegó a Nazaret, donde se había criado, y según su costumbre entró en
la sinagoga el sábado, y se levantó para leer. [17] Entonces
le entregaron el libro del profeta Isaías y, abriendo el libro, encontró
el lugar donde estaba escrito: [18] El Espíritu del Señor está
sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha
enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a
los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, [19] y para
promulgar el año de gracia del Señor.
[20]
Y enrollando el libro se lo devolvió al ministro, y se sentó. Todos en
la sinagoga tenían fijos en él los ojos. [21] Y comenzó a
decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír. [22]
Todos daban testimonio en favor de él, y se admiraban de las palabras de
gracia que procedían de su boca, y decían: ¿No es éste el hijo de José?
[23] Entonces les dijo: Sin duda me aplicaréis aquel
proverbio: Médico, cúrate a ti mismo. Cuanto hemos oído que has hecho
en Cafarnaún, hazlo también aquí en tu patria. [24] Y añadió:
En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. [25]
Os digo de verdad que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías,
cuando durante tres años y seis meses se cerró el cielo y hubo gran
hambre por toda la tierra; [26] y a ninguna de ellas fue
enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. [27]
Muchos leprosos había también en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y
ninguno de ellos fue curado, sino Naamán el Sirio.
[28]
Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira, [29]
y se levantaron, le echaron fuera de la ciudad, y lo llevaron hasta la
cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle. [30]
Pero él, pasando por medio de ellos, seguía su camino.
[31]
Bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba.
[32]
Y se quedaban admirados de su doctrina, porque su palabra iba acompañada
de potestad.
[33]
Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio impuro, y gritó con
gran voz: [34] Déjanos, ¿qué hay entre nosotros y tú, Jesús
Nazareno? ¿Has venido a perdernos? Sé quién eres tú, el Santo de Dios.
[35] Y Jesús le increpó diciendo: Calla y sal de él. Y el
demonio, arrojándolo al suelo, allí en medio, salió de él, sin hacerle
daño alguno. [36] Quedaron todos atemorizados, y se decían
unos a otros: ¿Qué palabra es ésta, que con potestad y fuerza manda a
los espíritus impuros y salen? [37] Y se divulgaba su fama por
todos los lugares de la región.
[38]
Saliendo Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón. La suegra de Simón
tenía una fiebre alta, y le rogaron por ella. [39] E inclinándose
hacia ella, conminó a la fiebre, y la fiebre desapareció. Y al instante,
se levantó y se puso a servirles.
[40]
Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos con diversas dolencias,
los traían a él. Y él, poniendo las manos sobre cada uno, los curaba. [41]
De muchos salían demonios gritando y diciendo: Tú eres el Hijo de Dios.
Y él, increpándoles, no les dejaba hablar, porque sabían que él era el
Cristo.
[42]
Cuando se hizo de día, salió hacia un lugar solitario, y la multitud le
buscaba, llegaron hasta él, y lo detenían para que no se apartara de
ellos. [43] Pero él les dijo: Es necesario que yo anuncie
también a otras ciudades el Evangelio del Reino de Dios, porque para esto
he sido enviado. [44] E iba predicando por las sinagogas de
Judea.
Cap.
V
[1]
Sucedió que, estando Jesús junto al lago de Genesaret, la multitud se
agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. [2] Y vio
dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado
de ellas y estaban lavando las redes. [3] Entonces, subiendo en
una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de
tierra. Y sentado enseñaba desde la barca a la multitud.
[4]
Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Guía mar adentro, y echad
vuestras redes para la pesca. [5] Simón le contestó: Maestro,
hemos estado fatigándonos durante toda la noche y nada hemos pescado;
pero, no obstante, sobre tu palabra echaré las redes. [6] Y
habiéndolo hecho recogieron gran cantidad de peces, tantos que las redes
se rompían. [7] Entonces hicieron señas a los compañeros que
estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y
llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían. [8]
Cuando lo vio Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: Apártate
de mí, Señor, que soy un hombre pecador. [9] Pues el asombro
se había apoderado de él y de cuantos estaban con él, por la gran
cantidad de peces que habían capturado. [10] Lo mismo sucedía
a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Entonces Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serán hombres los
que has de pescar. [11] Y ellos, sacando las barcas a tierra,
dejadas todas las cosas, le siguieron.
[12]
Y sucedió que, estando en una de las ciudades, un hombre cubierto de
lepra, al ver a Jesús, se postró delante y le suplicó diciendo: Señor,
si quieres, puedes limpiarme. [13] Y extendiendo Jesús la mano
le tocó diciendo: Quiero, queda limpio. Y al instante desapareció de él
la lepra. [14] Y él le mandó que no lo dijese a nadie, sino:
Anda, preséntate al sacerdote, y lleva la ofrenda por tu curación según
prescribió Moisés, para que les sirva de testimonio. [15] Se
extendía su fama cada vez más, y concurrían numerosas muchedumbres para
oírle y para ser curados de sus enfermedades. [16] Pero él se
retiraba a lugares solitarios y hacía oración.
[17]
Estaba Jesús un día enseñando. Y estaban sentados algunos fariseos y
doctores de la Ley, que habían venido de todas las aldeas de Galilea, de
Judea y de Jerusalén. Y la fuerza del Señor le impulsaba a curar. [18]
Cuando he aquí que unos hombres, que traían en una camilla a un paralítico,
intentaban meterlo dentro y colocarlo delante de él. [19] Y al
no encontrar por dónde introducirlo a causa de la multitud, subieron al
terrado, y por entre las tejas lo descolgaron con la camilla al medio,
delante de Jesús. [20] Viendo Jesús la fe de ellos, dijo:
Hombre, tus pecados te son perdonados. [21] Entonces los
escribas y los fariseos empezaron a pensar: ¿Quién es éste, que dice
blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios? [22]
Pero conociendo Jesús sus pensamientos, les dijo: ¿Qué estáis pensando
en vuestros corazones? [23] ¿Qué es más fácil, decir: tus
pecados te son perdonados, o decir: levántate, y anda? [24]
Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra
para perdonar pecados `dijo al paralítico`, yo te digo : levántate, toma
tu camilla y vete a tu casa. [25] Y al instante se levantó en
presencia de ellos, tomó la camilla en que yacía, y se fue a su casa
glorificando a Dios. [26] El asombro se apoderó de todos y
glorificaban a Dios. Y llenos de temor, decían: Hoy hemos visto cosas
maravillosas.
[27]
Después de esto, salió y vio a un publicano de nombre Leví, sentado en
el telonio y le dijo: Sígueme. [28] Y dejadas todas las cosas
se levantó y le siguió. [29] Y Leví preparó en su casa un
gran banquete para él; había un gran número de publicanos y de otros
que le acompañaban a la mesa. [30] Y murmuraban los fariseos y
sus escribas, y decían a los discípulos de Jesús: ¿Por qué coméis y
bebéis con los publicanos y pecadores? [31] Y respondiendo Jesús,
les dijo: No tienen necesidad de médico los que están sanos, sino los
enfermos. [32] No he venido a llamar a los justos, sino a los
pescadores a la penitencia.
[33]
Pero ellos le dijeron: ¿Por qué los discípulos de Juan ayunan con
frecuencia y hacen oraciones, y asimismo los de los fariseos; en cambio,
los tuyos comen y beben? [34] Jesús les dijo: ¿Podéis acaso
hacer ayunar a los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? [35]
Días vendrán en que les será arrebatado el esposo; ya ayunarán en
aquellos días. [36] Y les decía también una parábola: Nadie
pone a un vestido viejo una pieza cortándola de un vestido nuevo, porque
entonces, además de romper el nuevo, la pieza del vestido nuevo no le iría
bien al viejo. [37] Tampoco echa nadie vino nuevo en odres
viejos; pues entonces el vino nuevo reventará los odres, y se derramará,
y los odres se perderán. [38] El vino nuevo debe echarse en
odres nuevos. [39] Y ninguno acostumbrado a beber vino añejo
quiere del nuevo, porque dice: el añejo es mejor.
Cap.
VI
[1]
Sucedió un sábado que, al atravesar los sembrados, sus discípulos
arrancaban espigas y, desgranándolas con las manos, las comían. [2]
Algunos fariseos les dijeron: ¿Por qué hacéis lo que no está permitido
en sábado? [3] Y Jesús respondiéndoles dijo: ¿No habéis leído
lo que hizo David, cuando tuvo hambre él y los que estaban con él; [4]
cómo entró en la casa de Dios, y tomó los panes de la proposición y
comió, y dio a los que estaban con él, siendo así que sólo está
permitido comerlos a los sacerdotes? [5] Y les decía: El Hijo
del Hombre es Señor del sábado.
[6]
Otro sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y había allí un
hombre que tenía seca la mano derecha. [7] Los escribas y los
fariseos le observaban a ver si curaba en sábado, para encontrar de qué
acusarle. [8] Pero él conocía sus pensamientos, y dijo al
hombre que tenía la mano seca: Levántate y ponte en medio. Y levantándose
se puso en medio. [9] Entonces Jesús les dijo: Yo os pregunto:
¿Es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar la vida a un
hombre o quitársela? [10] Y mirando a su alrededor a todos
ellos, dijo al hombre: Extiende tu mano. Lo hizo, y su mano quedó curada.
[11] Ellos se quedaron completamente ofuscados y discutían
entre sí qué harían contra Jesús.
[12]
Sucedió en aquellos días que salió al monte a orar, y pasó toda la
noche en oración a Dios. [13] Cuando se hizo de día, llamó a
sus discípulos, y eligió a doce entre ellos, a los que denominó Apóstoles:
[14] a Simón, a quien puso el sobrenombre de Pedro, y a su
hermano Andrés, Santiago y Juan, Felipe y Bartolomé, [15] a
Mateo y Tomás, Santiago de Alfeo y a Simón, llamado Zelotes, [16]
a Judas de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.
[17]
Bajando con ellos, se detuvo en un lugar llano; y había una multitud de
sus discípulos, y una gran muchedumbre del pueblo procedente de toda
Judea y de Jerusalén, y del litoral de Tiro y Sidón, [18] que
vinieron a oírle y a ser curados de sus enfermedades. Y los que estaban
atormentados por espíritus inmundos quedaban curados. [19]
Toda la multitud intentaba tocarle, porque salía de él una fuerza que
sanaba a todos.
[20]
Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados los
pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. [21]
Bienaventurados los que ahora padecéis hambre, porque seréis saciados.
Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. [22]
Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen,
os injurien y proscriban vuestro nombre como maldito, por causa del Hijo
del Hombre. [23] Alegraos en aquel día y rogocijaos, porque
vuestra recompensa es grande en el Cielo; pues de este modo se comportaban
sus padres con los profetas. [24] Pero ¡ay de vosotros los
ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! [25] ¡Ay
de vosotros los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre! ¡Ay de
vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis! [26]
¡Ay cuando los hombres hablen bien de vosotros, pues de este modo se
comportaban sus padres con los falsos profetas!
[27]
Pero a vosotros que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced
bien a los que os odian; [28] bendecid a los que os maldicen y
rogad por los que os calumnian. [29] Al que te hiere en la
mejilla preséntale también la otra, y al que te quite el manto no le
niegues tampoco la túnica. [30] Da a todo el que te pida, y al
que toma lo tuyo no se lo reclames. [31] Haced a los hombres lo
mismo que quisierais que ellos os hiciesen a vosotros. [32] Si
amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis?, pues también los
pecadores aman a quienes los aman. [33] Y si hacéis bien a
quienes os hacen el bien, ¿qué mérito tendréis?, pues también los
pecadores hacen lo mismo. [34] Y si prestáis a aquellos de
quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tendréis?, pues también los
pecadores prestan a los pecadores para recibir otro tanto.
[35]
Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced bien y prestad sin
esperar nada por ello; y será grande vuestra recompensa, y seréis hijos
del Altísimo, porque El es bueno con los ingratos y con los malos. [36]
Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. [37]
No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados.
Perdonad y seréis perdonados; [38] dad y se os dará; echarán
en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque
con la misma medida que midáis seréis medidos.
[39]
Les dijo también una parábola: ¿Acaso puede un ciego guiar a otro
ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?
[40]
No está el discípulo por encima del maestro; todo aquel que esté bien
instruido podrá ser como su maestro.
[41]
¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga
que hay en el tuyo? [42] ¿Cómo puedes decir a tu hermano:
hermano, deja que quite la paja que hay en tu ojo, no viendo tú mismo la
viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y
entonces verás con claridad cómo sacar la paja del ojo de tu hermano.
[43]
Porque no hay árbol bueno que dé mal fruto, ni tampoco árbol malo que dé
buen fruto. [44] Pues cada árbol se conoce por su fruto; no se
recogen higos de los espinos, ni se cosechan uvas del zarzal. [45]
El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca cosas buenas, y el
malo de su mal saca cosas malas: porque de la abundancia del corazón
habla su boca.
[46]
¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que digo? [47]
Todo el que viene a mí y escucha mis palabras y las pone en práctica, os
diré a quién es semejante. [48] Es semejante a un hombre que,
al edificar una casa, cavó muy hondo, y puso los cimientos sobre la roca.
Al venir una inundación, el río irrumpió contra aquella casa, y no pudo
derribarla porque estaba bien edificada. [49] El que escucha y
no pone en práctica es semejante a un hombre que edificó su casa sobre
la tierra sin cimientos; irrumpió contra ella el río y se cayó
enseguida, y fue grande la ruina de aquella casa.
Cap.
VII
[1]
Cuando terminó de decir todas estas palabras al pueblo que le escuchaba,
entró en Cafarnaún. [2] Había allí un centurión que tenía
un criado enfermo y moribundo a quien estimaba mucho. [3]
Habiendo oído hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos
para rogarle que viniera a curar a su criado. [4] Ellos, cuando
llegaron junto a Jesús, le rogaban encarecidamente diciendo: Merece que
hagas esto, [5] pues aprecia a nuestro pueblo y él mismo nos
ha construido una sinagoga. [6] Jesús, pues, se puso en camino
con ellos. Y no estaba ya lejos de la casa cuando el centurión le envió
unos amigos para decirle: Señor, no te tomes esa molestia, porque no soy
digno de que entres en mi casa, [7] por eso ni siquiera yo
mismo me he considerado digno de venir a ti; pero di una palabra y mi
criado quedará sano. [8] Pues también yo soy un hombre
sometido a disciplina y tengo soldados bajo mis órdenes: digo a éste:
ve, y va; y al otro: ven, y viene; y a mi siervo: haz esto, y lo hace. [9]
Al oírlo, Jesús quedó admirado de él, y volviéndose a la multitud que
le seguía, dijo: Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe. [10]
Y cuando volvieron a casa, los enviados encontraron sano al siervo.
[11]
Sucedió, después, que marchó a una ciudad llamada Naín, e iban con él
sus discípulos y una gran muchedumbre. [12] Al acercarse a la
puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar un difunto, hijo único
de su madre, que era viuda, y la acompañaba una gran muchedumbre de la
ciudad. [13] Al verla, el Señor se compadeció de ella y le
dijo: No llores. [14] Se acercó y tocó el féretro. Los que
lo llevaban se detuvieron; y dijo: Muchacho, a ti te digo, levántate. [15]
Y el que estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar; y se lo entregó
a su madre. [16] Y se llenaron todos de temor y glorificaban a
Dios diciendo: Un gran profeta ha surgido entre nosotros, y Dios ha
visitado a su pueblo. [17] Esta fama acerca de él se divulgó
por toda la Judea y por todas las regiones vecinas.
[18]
Informaron a Juan sus discípulos de todas estas cosas. [19] Y
Juan llamó a dos de ellos, y los envió al Señor a preguntarle: ¿Eres tú
el que ha de venir o esperamos a otro? [20] Presentándose
aquellos hombres le dijeron: Juan el Bautista nos ha enviado a ti a
preguntarte: ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? [21]
En aquella misma hora curó a muchos de sus enfermedades, de dolencias y
de malos espíritus, y dio la vista a muchos ciegos. [22] Y les
respondió diciendo: Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los
ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos
oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados; [23]
y bienaventurado quien no se escandalice de mí.
[24]
Después de marcharse los enviados de Juan, comenzó a decir a las
muchedumbres acerca de Juan: ¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una
caña sacudida por el viento? [25] ¿Qué salisteis a ver? ¿Un
hombre vestido con ropas delicadas? Mirad, los que visten con lujo y viven
entre placeres están en palacios de reyes. [26] ¿Qué habéis
salido a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. [27]
Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío delante de ti mi
mensajero, que vaya preparándote el camino.
[28]
Os digo, pues, que entre los nacidos de mujer nadie hay mayor que Juan;
aunque el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él. [29]
Y todo el pueblo y los publicanos, habiéndole escuchado, reconocieron la
justicia de Dios, recibiendo el bautismo de Juan. [30] Pero los
fariseos y los doctores de la Ley rechazaron el plan de Dios sobre ellos,
no habiendo sido bautizados por él.
[31]
Así pues, ¿a quién diré que son semejantes los hombres de esta
generación? ¿A quién se parecen? [32] Son semejantes a los
niños sentados en la plaza y que se gritan unos a otros aquello que dice:
Hemos sonado la flauta y no habéis danzado, hemos cantado lamentaciones y
no habéis llorado. [33] Porque llegó Juan el Bautista, que no
comía pan ni bebía vino, y decís: Tiene demonio. [34] Llegó
el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: He aquí un hombre comilón
y bebedor, amigo de publicanos y de pecadores. [35] Y la
sabiduría ha sido justificada por todos sus hijos.
[36]
Uno de los fariseos le rogaba que comiera con él; y entrando en casa del
fariseo se sentó a la mesa. [37] Y he aquí que había en la
ciudad una mujer pecadora que, al enterarse que estaba sentado a la mesa
en casa del fariseo, llevó un vaso de alabastro con perfume, [38]
se puso detrás a sus pies llorando y comenzó a bañarlos con sus lágrimas,
los enjugaba con sus cabellos, los besaba y los ungía con el perfume.
[39]
Viendo esto el fariseo que lo había invitado, decía para sí: Si éste
fuera profeta, sabría con certeza quién y qué clase de mujer es la que
le toca: que es una pecadora. [40] Jesús tomó la palabra y
dijo: Simón, tengo que decirte una cosa. Y él contestó: Maestro, di. [41]
Un prestamista tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios,
y el otro cincuenta. [42] No teniendo éstos con qué pagar, se
lo perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le amará más? [43]
Simón contestó: Estimo que aquel a quien perdonó más. Entonces Jesús
le dijo: Has juzgado con rectitud. [44] Y vuelto hacia la
mujer, dijo a Simón: ¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste
agua para los pies; ella en cambio ha bañado mis pies con sus lágrimas y
los ha enjugado con sus cabellos. [45] No me diste el beso;
pero ella, desde que entré no ha dejado de besar mis pies. [46]
No has ungido mi cabeza con óleo; ella en cambio ha ungido mis pies con
perfume. [47] Por eso te digo: le son perdonados sus muchos
pecados, porque ha amado mucho. Aquel a quien menos se perdona menos ama. [48]
Entonces le dijo a ella: Tus pecados quedan perdonados. [49] Y
los convidados comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste que hasta
perdona los pecados? [50] El dijo a la mujer: Tu fe te ha
salvado; vete en paz.
Cap.
VIII
[1]
Sucedió, después, que él recorría ciudades y aldeas predicando y
anunciando la buena nueva del Reino de Dios; le acompañaban los doce [2]
y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y de
enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete
demonios; [3] y Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes;
y Susana, y otras muchas que le asistían con sus bienes.
[4]
Reuniéndose una gran muchedumbre que de todas las ciudades acudía a él,
dijo esta parábola: [5] Salió el sembrador a sembrar su
semilla; y al sembrar, parte cayó junto al camino, y fue pisoteada y se
la comieron las aves del cielo; [6] parte cayó sobre terreno
rocoso y una vez nacida se secó por falta de humedad; [7]
parte cayó en medio de las espinas y habiendo crecido con ella las
espinas la sofocaron; [8] y parte cayó en la tierra buena, y
una vez nacida dio fruto al ciento por uno. Dicho esto, exclamó: El que
tenga oídos para oír, oiga.
[9]
Entonces sus discípulos le preguntaron qué significaba esta parábola. [10]
El les dijo: A vosotros os ha sido dado entender los misterios del Reino
de Dios; mientras a los demás, sólo a través de parábolas, de modo que
viendo no vean y oyendo no entiendan.
[11]
El sentido de la parábola es éste: la semilla es la palabra de Dios. [12]
Los que están junto al camino son aquellos que han oído; pero viene
luego el diablo y se lleva la palabra de su corazón, no sea que creyendo
se salven. [13] Los que cayeron sobre terreno rocoso son
aquellos que, cuando oyen, reciben la palabra con alegría, pero no tienen
raíces; ellos creen durante algún tiempo, pero a la hora de la tentación
se vuelven atrás. [14] La que cayó entre espinas son los que
oyeron, pero en su caminar se ahogan a causa de las preocupaciones,
riquezas y placeres de la vida y no llegan a dar fruto. [15]
Pero la que cayó en tierra buena son los que oyen la palabra con un corazón
bueno y generoso, la conservan y dan fruto mediante la paciencia.
[16]
Nadie que ha encendido una lámpara, la oculta con una vasija o la pone
debajo de la cama, sino que la coloca sobre un candelero para que los que
entran vean la luz. [17] Porque nada hay oculto que no haya de
manifestarse; ni secreto que no acabe por conocerse y hacerse público. [18]
Mirad, pues, cómo oís: porque al que tiene se le dará; y a todo aquel
que no tiene, incluso lo que piensa tener se le quitará.
[19]
Vinieron a verle su madre y sus hermanos, y no podían acercarse a él a
causa de la muchedumbre. [20] Y le avisaron: Tu madre y tus
hermanos están fuera y quieren verte. [21] El, respondiendo,
les dijo: Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios
y la cumplen.
[22]
Y sucedió un día que él subió a una barca con sus discípulos y les
dijo: Pasemos a la otra orilla del lago. Y partieron. [23]
Mientras ellos navegaban, se durmió. Y se desencadenó una tempestad de
viento en el lago, de modo que se anegaban y corrían peligro. [24]
Acercándose, lo despertaron diciendo: Maestro, Maestro, que perecemos.
Puesto en pie, increpó al viento y a las olas, que cesaron; y se produjo
la calma. [25] Entonces les dijo: ¿Dónde está vuestra fe?
Ellos, llenos de temor, se asombraron y se decían unos a otros: ¿Quién
es éste que manda a los vientos y al agua y le obedecen?
[26]
Navegaron hasta la región de los gerasenos, que está al otro lado,
enfrente de Galilea. [27] Y cuando saltó a tierra, le salió
al encuentro un hombre de la ciudad endemoniado; desde hacía mucho tiempo
no llevaba vestido, ni habitaba en casa sino en los sepulcros. [28]
Así que vio a Jesús, se postró ante él gritando y, a grandes voces,
dijo: ¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús Hijo del Dios Altísimo? Te
suplico que no me atormentes. [29] Pues Jesús mandaba al espíritu
inmundo que saliera de aquel hombre. Porque muchas veces se apoderaba de
él, y aunque le sujetaban con cadenas y le ponían grillos para
custodiarle, rotas las ataduras, era impulsado por el demonio al desierto.
[30] Jesús le preguntó: ¿Cuál es tu nombre? El dijo: Legión;
porque habían entrado en él muchos demonios. [31] Y le
suplicaban que no les ordenase ir al abismo.
[32]
Había por allí una gran piara de cerdos que estaban paciendo en el
monte; y le rogaron que les permitiese entrar en ellos. Y se lo permitió.
[33] Salieron los demonios del hombre y entraron en los cerdos;
y la piara se lanzó con ímpetu por un precipicio al lago y se ahogó. [34]
Al ver los pastores lo sucedido, huyeron y lo contaron en la ciudad y en
los campos. [35] Salieron, pues, a ver lo sucedido, llegaron
hasta Jesús, y encontraron al hombre del que habían salido los demonios,
sentado a los pies de Jesús, vestido y en su sano juicio, y les entró
miedo. [36] Y los que lo habían visto, les contaron cómo fue
librado el endemoniado. [37] Y toda la gente de la región de
los gerasenos le pidió que se alejara de ellos, porque estaban
sobrecogidos de temor. El, subiendo en la barca, se volvió. [38]
El hombre de quien habían salido los demonios le pedía quedarse con él;
pero lo despidió diciendo: [39] Vuelve a tu casa, y cuenta las
grandes cosas que Dios ha hecho contigo. Y se marchó publicando por toda
la ciudad lo que Jesús había hecho con él.
[40]
Al volver Jesús lo recibió la muchedumbre; porque todos estaban esperándole.
[41] Entonces llegó un hombre, llamado Jairo, que era jefe de
la sinagoga; y se postró a los pies de Jesús suplicándole que entrase
en su casa, [42] porque tenía una hija única de unos doce años,
que se estaba muriendo. Mientras iba, la multitud lo apretujaba. [43]
Y una mujer que tenía un flujo de sangre desde hacía doce años, la cual
había gastado toda su hacienda en médicos sin que ninguno hubiese podido
curarla, [44] se acercó por detrás, tocó la orla de su
manto, y al instante cesó el flujo de sangre. [45] Entonces
dijo Jesús: ¿Quién es el que me ha tocado? Al negarlo todos, dijo
Pedro: Maestro, la muchedumbre te oprime y te sofoca. [46] Pero
Jesús dijo: Alguien me ha tocado, porque yo me he dado cuenta de que una
fuerza ha salido de mí. [47] Viendo la mujer que aquello no
había quedado oculto, se acercó temblando, se postró ante él, y declaró
delante de todo el pueblo la causa por la que le había tocado, y cómo al
instante había quedado curada. [48] El le dijo: Hija, tu fe te
ha salvado; vete en paz.
[49]
Todavía estaba él hablando, cuando vino uno de la casa del jefe de la
sinagoga diciendo: Tu hija ha muerto, no molestes más al Maestro. [50]
Al oírlo Jesús, respondió: No temas, basta que creas y vivirá. [51]
Cuando llegó a la casa, no permitió entrar a nadie con él, excepto a
Pedro, Juan y Santiago, y al padre y a la madre de la niña. [52]
Todos lloraban y plañían por ella. Pero él dijo: No lloréis, porque no
está muerta, sino que duerme. [53] Y se burlaban de él,
sabiendo que estaba muerta. [54] El, tomándola de la mano,
dijo en voz alta: Niña, levántate. [55] Volvió a ella su espíritu,
y se levantó al instante. Y Jesús mandó que le dieran de comer. [56]
Y sus padres quedaron asombrados; pero él les ordenó que no dijeran a
nadie lo que había sucedido.
Cap.
IX
[1]
Habiendo convocado a los doce les dio poder y autoridad sobre todos los
demonios, y para curar enfermedades. [2] Los envió a predicar
el Reino de Dios y a sanar a los enfermos. [3] Y les dijo: No
llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero,
ni tengáis dos túnicas. [4] En cualquier casa que entréis,
quedaos allí hasta que de allí os vayáis. [5] Y si nadie os
recibe, al salir de aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies en
testimonio contra ellos. [6] Saliendo luego, iban por las
aldeas evangelizando y curando por todas partes.
[7]
Herodes el tetrarca oyó todo lo que ocurría y dudaba, porque unos decían
que Juan había resucitado de entre los muertos, [8] otros que
Elías había aparecido, otros que algún profeta de los antiguos había
resucitado. [9] Y dijo Herodes: A Juan lo he decapitado yo, ¿quién,
pues, es éste del que oigo tales cosas? Y deseaba verlo.
[10]
Cuando volvieron los Apóstoles, le contaron todo lo que habían hecho; y,
tomándolos consigo, se retiró aparte hacia una ciudad llamada Betsaida. [11]
Cuando las muchedumbres se dieron cuenta, le siguieron; y acogiéndolos
les hablaba del Reino de Dios, y sanaba a los que tenían necesidad. [12]
Empezaba a declinar el día, y acercándose los doce le dijeron: Despide a
la muchedumbre, para que se vayan a los pueblos y aldeas de alrededor, a
buscar albergue y a proveerse de alimentos; porque aquí estamos en un
lugar desierto. [13] El les dijo: Dadles vosotros de comer.
Pero ellos dijeron: No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser
que vayamos nosotros y compremos comida para toda esta muchedumbre. [14]
Había unos cinco mil hombres. Entonces dijo a sus discípulos: Hacedlos
sentar en grupos de cincuenta. [15] Así lo hicieron, y
acomodaron a todos. [16] Tomando los cinco panes y los dos
peces, miró al cielo y los bendijo, los partió y los dio a sus discípulos,
para que los distribuyeran entre la muchedumbre. [17] Comieron
y se saciaron todos. Y de lo que sobró recogieron doce cestos de trozos.
[18]
Y sucedió que, cuando estaba haciendo oración, se hallaban con él los
discípulos y les preguntó: ¿Quién dicen las gentes que soy yo? [19]
Ellos respondieron: Juan Bautista; otros que Elías, y otros que ha
resucitado un profeta de los antiguos. [20] Pero él les dijo:
Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Pedro dijo: El Cristo
de Dios. [21] Pero él les amonestó y les ordenó que no
dijeran esto a nadie.
[22]
Y añadió: Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y
sea condenado por los ancianos, los príncipes de los sacerdotes y los
escribas, y que sea muerto y resucite al tercer día.
[23]
Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí
mismo, tome su cruz cada día, y sígame. [24] Pues el que
quiera salvar su vida, la perderá; el que, en cambio, pierda su vida por
mí, ése la salvará. [25] Porque ¿qué adelanta el hombre si
gana todo el mundo, pero se pierde a sí mismo, o sufre algún daño? [26]
Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras, de él se avergonzará
el Hijo del Hombre cuando venga en su gloria y en la del Padre y en la de
los santos ángeles. [27] Os aseguro de verdad que hay algunos
aquí presentes que no sufrirán la muerte hasta que vean el Reino de
Dios.
[28]
Sucedió unos ocho días después de estas palabras, que tomó consigo a
Pedro, a Juan y a Santiago, y subió a un monte para orar. [29]
Mientras él oraba, cambió el aspecto de su rostro y su vestido se volvió
blanco, resplandeciente. [30] Y he aquí que dos hombres
estaban conversando con él: eran Moisés y Elías [31] que,
aparecidos en forma gloriosa, hablaban de la salida de Jesús que había
de cumplirse en Jerusalén. [32] Pedro y los que estaban con él
se encontraban rendidos por el sueño. Y al despertar, vieron su gloria y
a los dos hombres que con él estaban. [33] Cuando éstos se
apartaron de él, dijo Pedro a Jesús: Maestro, qué bien estamos aquí,
hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías;
no sabiendo lo que decía. [34] Mientras decía esto, se formó
una nube y los cubrió con su sombra. Al entrar ellos en la nube, se
atemorizaron. [35] Y salió una voz desde la nube, que decía:
Este es mi Hijo, el elegido, escuchadle. [36] Cuando sonó la
voz, se quedó Jesús solo. Ellos guardaron silencio, y a nadie dijeron
por entonces nada de lo que habían visto.
[37]
Sucedió al día siguiente que, al bajar ellos del monte, le salió al
encuentro una gran muchedumbre. [38] Y en medio de ella un
hombre clamó diciendo: Maestro, te ruego que veas a mi hijo, porque es el
único que tengo: [39] un espíritu se apodera de él, y
enseguida grita, le hace retorcerse entre espumarajos y difícilmente se
aparta de él, dejándolo maltrecho. [40] Y he rogado a tus
discípulos que lo expulsen, pero no han podido. [41]
Respondiendo Jesús, dijo: Oh generación incrédula y perversa, ¿hasta
cuándo he de estar entre vosotros y soportaros? Trae aquí a tu hijo. [42]
Y al acercarse, el demonio lo revolcó por el suelo y le hizo retorcerse.
Entonces Jesús increpó al espíritu impuro y curó al niño, devolviéndolo
a su padre. [43] Todos quedaron asombrados de la grandeza de
Dios. Y estando todos admirados por cuantas cosas hacía, dijo a sus discípulos:
[44] Grabad en vuestros oídos estas palabras: el Hijo del
Hombre va a ser entregado en manos de los hombres. [45] Pero
ellos no entendían este lenguaje, y les resultaba tan oscuro que no lo
comprendían; y temían preguntarle acerca de este asunto.
[46]
Les vino al pensamiento cuál de ellos sería el mayor. [47]
Pero Jesús, conociendo los pensamientos de su corazón, tomó un niño, y
lo puso a su lado, [48] y les dijo: Todo aquel que acoge a este
niño en mi nombre, me recibe a mí; y todo aquel que me recibe a mí,
recibe al que me ha enviado: pues el menor entre todos vosotros, ése es
el mayor.
[49]
Entonces Juan dijo: Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en
tu nombre, y se lo hemos prohibido, porque no viene con nosotros. [50]
Y Jesús le dijo: No se lo prohibáis: pues el que no está contra
vosotros, está con vosotros.
SUBIDA
A JERUSALÉN
[51]
Y cuando estaba para cumplirse el tiempo de su partida, Jesús decidió
firmemente marchar hacia Jerusalén. [52] Y envió por delante
unos mensajeros, que entraron en una aldea de samaritanos para prepararle
hospedaje; [53] y no le acogieron, porque daba la impresión de
ir a Jerusalén. [54] Al ver esto, sus discípulos Santiago y
Juan dijeron: Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los
consuma? [55] Y volviéndose, les reprendió. [56] Y
se fueron a otra aldea.
[57]
Mientras iban de camino, uno le dijo: Te seguiré adonde quiera que vayas.
[58] Jesús le dijo: Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros
del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar su
cabeza. [59] A otro le dijo: Sígueme. Pero éste contestó: Señor,
permíteme ir primero a enterrar a mi padre. [60] Y Jesús le
dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el
Reino de Dios. [61] Y otro dijo: Te seguiré, Señor, pero
primero permíteme despedirme de los de mi casa. [62] Jesús le
dijo: Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para
el Reino de Dios.
Cap.
X
[1] Después de esto designó
el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de él
a toda ciudad y lugar a donde él había de ir. [2] Y les decía:
La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al señor de la
mies que envíe obreros a su mies. [3] Id: he aquí que yo os
envío como corderos en medio de lobos. [4] No llevéis bolsa
ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino. [5]
En la casa en que entréis decid primero: paz a esta casa. [6]
Y si allí hubiera algún hijo de paz, descansará sobre él vuestra paz;
de lo contrario, retornará a vosotros. [7] Permaneced en la
misma casa comiendo y bebiendo de lo que tengan, pues el que trabaja es
merecedor de su salario. No vayáis de casa en casa. [8] Y en
aquella ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os pongan; [9]
curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: el Reino de Dios está
cerca de vosotros. [10] Pero en la ciudad donde entréis y no
os reciban, saliendo a sus plazas, decid: [11] hasta el polvo
de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies lo sacudimos contra
vosotros; pero sabed esto: el Reino de Dios está cerca. [12]
Os digo que Sodoma en aquel día será tratada con menos rigor que aquella
ciudad.
[13]
¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón
se hubieran realizado los milagros que han sido hechos en vosotras, hace
tiempo que habrían hecho penitencia sentados en saco y ceniza. [14]
Sin embargo, Tiro y Sidón serán tratadas con menos rigor que vosotras en
el juicio.
[15]
Y tú, Cafarnaún, ¿acaso serás exaltada hasta el cielo? Hasta el
infierno serás abatida.
[16]
Quien a vosotros oye, a mí me oye; quien a vosotros desprecia, a mí me
desprecia; y quien a mí me desprecia, desprecia al que me ha enviado.
[17]
Volvieron los setenta y dos con alegría diciendo: Señor, hasta los
demonios se nos someten en tu nombre. [18] El les dijo: Veía
yo a Satanás caer del cielo como un rayo. [19] Mirad, os he
dado potestad para aplastar serpientes y escorpiones y sobre todo poder
del enemigo, de manera que nada podrá haceros daño. [20] Pero
no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de
que vuestros nombres están escritos en el Cielo.
[21]
En aquel mismo momento se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: Yo
te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque ocultaste estas
cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños. Sí,
Padre, pues así fue tu beneplácito. [22] Todo me ha sido
entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni
quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.
[23]
Y volviéndose hacia los discípulos les dijo aparte: Bienaventurados los
ojos que ven lo que veis. [24] Pues os aseguro que muchos
profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron; y oír
lo que vosotros oís y no lo oyeron.
[25]
Entonces un doctor de la Ley se levantó y dijo para tentarle: Maestro, ¿qué
debo hacer para conseguir la vida eterna? [26] El le contestó:
¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees? [27] Y éste le
respondió: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu
alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a
ti mismo. [28] Y le dijo: Has respondido bien: haz esto y vivirás.
[29] Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: ¿Y quién
es mi prójimo?
[30]
Entonces Jesús, tomando la palabra, dijo: Un hombre bajaba de Jerusalén
a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle
despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio
muerto. [31] Bajaba casualmente por el mismo camino un
sacerdote; y, viéndole, pasó de largo. [32] Asimismo, un
levita, llegando cerca de aquel lugar, lo vio y pasó de largo. [33]
Pero un samaritano que iba de camino llegó hasta él, y al verlo se movió
a compasión, [34] y acercándose vendó sus heridas echando en
ellas aceite y vino; lo hizo subir sobre su propia cabalgadura, lo condujo
a la posada y él mismo lo cuidó. [35] Al día siguiente,
sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: Cuida de él, y lo
que gastes de más te lo daré a mi vuelta. [36] ¿Cuál de
estos tres te parece que fue el prójimo de aquel que cayó en manos de
los salteadores? [37] El le dijo: El que tuvo misericordia con
él. Pues anda, le dijo entonces Jesús, y haz tú lo mismo.
[38]
Cuando iban de camino entró en cierta aldea, y una mujer llamada Marta le
recibió en su casa. [39] Tenía ésta una hermana llamada María
que, sentada también a los pies del Señor, escuchaba su palabra. [40]
Pero Marta andaba afanada con los múltiples quehaceres de la casa y poniéndose
delante dijo: Señor, ¿nada te importa que mi hermana me deje sola en el
trabajo de la casa? Dile, pues, que me ayude. [41] Pero el Señor
le respondió: Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas
cosas. [42] En verdad una sola cosa es necesaria. Así, pues,
María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada.
Cap.
XI
[1]
Y sucedió que cuando hacía oración en cierto lugar, al terminarla, le
dijo uno de sus discípulos: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó
a sus discípulos. [2] El les respondió: Cuando oréis, decid:
Padre,
santificado sea tu Nombre, venga tu Reino; [3] nuestro pan
cotidiano dánosle cada día; [4] y perdónanos nuestros
pecados, puesto que también nosotros perdonamos a todo el que nos debe; y
no nos dejes caer en la tentación.
[5]
Y les dijo: ¿Quién de vosotros que tenga un amigo, y acuda a él a media
noche y le diga: Amigo, préstame tres panes, [6] porque un
amigo mío me ha llegado de viaje y no tengo qué ofrecerle, [7]
le responderá desde dentro: No me molestes, ya está cerrada la puerta;
yo y los míos estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos? [8]
Os digo que, si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos por
su importunidad se levantará para darle cuanto necesite.
[9]
Así, pues, yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y
se os abrirá; [10] porque todo el que pide, recibe; y el que
busca, encuentra; y a quien llama, se le abrirá. [11] Pues, ¿qué
padre habrá entre vosotros a quien si el hijo le pide un pez, en lugar de
un pez le dé una serpiente? [12] ¿O si le pide un huevo, le dé
un escorpión? [13] Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis
dar buenas cosas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del Cielo dará
el Espíritu Santo a los que le piden?
[14]
Estaba expulsando un demonio que era mudo; y sucedió que, cuando salió
el demonio, el mudo rompió a hablar y la muchedumbre se quedó admirada; [15]
pero algunos de ellos dijeron: Por Beelzebul, príncipe de los demonios,
arroja a los demonios. [16] Y otros, para tentarle, le pedían
una señal del cielo. [17] Pero él, que conocía sus
pensamientos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo quedará
desolado y caerá casa contra casa. [18] Si, pues, también
Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo quedará en pie su
reino, puesto que decís que arrojo los demonios por Beelzebul? [19]
Si yo expulso los demonios por Beelzebul, vuestros hijos ¿por quién los
arrojan? Por eso ellos mismos serán vuestros jueces. [20]
Pero, si yo expulso los demonios por el dedo de Dios, está claro que el
Reino de Dios ha llegado a vosotros.
[21]
Cuando uno que es fuerte y está bien armado custodia su palacio, sus
bienes están seguros; [22] pero si llega otro más fuerte y le
vence, le quita sus armas en las que confiaba y reparte su botín.
[23]
El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo,
desparrama.
[24]
Cuando un espíritu impuro sale de un hombre, vaga por lugares áridos
buscando reposo, y al no encontrarlo, dice: Me volveré a mi casa, de
donde salí; [25] y al llegar la encuentra barrida y arreglada.
[26] Entonces va, toma consigo otros siete espíritus peores
que él, entran y fijan allí su morada; y la situación última de aquel
hombre viene a ser peor que la primera.
[27]
Sucedió que mientras él estaba diciendo todo esto, una mujer de en medio
de la multitud, alzando la voz, le dijo: Bienaventurado el vientre que te
llevó y los pechos que te criaron. [28] Pero él replicó:
Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la
guardan.
[29]
Habiéndose reunido una gran muchedumbre, comenzó a decir: Esta generación
es una generación perversa; busca una señal y no se le dará otra sino
la señal de Jonás. [30] Porque, así como Jonás fue señal
para los habitantes de Nínive, del mismo modo lo será también el Hijo
del Hombre para esta generación. [31] La reina del Mediodía
se levantará en el juicio contra los hombres de esta generación y los
condenará: porque ella vino de los extremos de la tierra para escuchar la
sabiduría de Salomón, pero mirad que aquí hay algo más que Salomón. [32]
Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio contra esta generación
y la condenarán: porque ellos hicieron penitencia ante la predicación de
Jonás, pero mirad que aquí hay algo más que Jonás.
[33]
Nadie enciende una lámpara para ponerla en un sitio oculto ni bajo el
celemín, sino sobre el candelero para que los que entran vean la luz. [34]
La lámpara del cuerpo es tu ojo. Si tu ojo está sano, también todo tu
cuerpo está iluminado; pero si tu ojo está enfermo, también tu cuerpo
queda en tinieblas. [35] Mira, pues, no sea que la luz que hay
en ti sea tinieblas. [36] Si, pues, todo tu cuerpo está
iluminado, sin haber en él parte alguna oscura, todo él estará
iluminado como cuando la lámpara te ilumina con su resplandor.
[37]
Cuando terminó de hablar, cierto fariseo le rogó que comiera en su casa.
Habiendo entrado, se puso a la mesa. [38] El fariseo se quedó
extrañado al ver que Jesús no se había lavado antes de la comida. [39]
Pero el Señor le dijo: Así que vosotros, los fariseos, purificáis por
fuera la copa y el plato, pero vuestro interior está lleno de rapiña y
maldad. [40] ¡Insensatos!, ¿acaso quien hizo lo de fuera no
ha hecho también lo de dentro? [41] Dad, más bien, limosna de
lo que guardáis dentro y así todo quedará purificado para vosotros. [42]
Pero, ¡ay de vosotros, fariseos, porque pagáis el diezmo de la menta, de
la ruda y de todas las legumbres, pero despreciáis la justicia y el amor
de Dios! Esto es lo que hay que hacer sin omitir aquello. [43]
¡Ay de vosotros, fariseos, porque apetecéis los primeros asientos en las
sinagogas y los saludos en las plazas! [44] ¡Ay de vosotros,
que sois como sepulcros disimulados, sobre los que pasan los hombres sin
saberlo!
[45]
Entonces, cierto doctor de la Ley, tomando la palabra, le replica:
Maestro, diciendo tales cosas, nos ofendes también a nosotros. [46]
Pero él dijo: ¡Ay también de vosotros, los doctores de la Ley, porque
imponéis a los hombres cargas insoportables, pero vosotros ni con un dedo
las tocáis! [47] ¡Ay de vosotros, que edificáis los
sepulcros de los profetas, después que vuestros padres los mataron! [48]
Así, pues, sois testigos de las obras de vuestros padres y consentís en
ellas, porque ellos los mataron, y vosotros edificáis sus sepulcros. [49]
Por eso dijo la sabiduría de Dios: Les enviaré profetas y apóstoles, y
matarán y perseguirán a una parte de ellos, [50] para que se
pida cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas,
derramada desde la creación del mundo, [51] desde la sangre de
Abel hasta la sangre de Zacarías, asesinado entre el altar y el Templo. Sí,
os lo aseguro: se le pedirá cuentas a esta generación. [52]
¡Ay de vosotros, doctores de la Ley, porque os habéis apoderado de la
llave de la sabiduría!: vosotros no habéis entrado y a los que estaban
para entrar se lo habéis impedido.
[53]
Cuando salió de allí, los escribas y fariseos comenzaron a atacarle con
vehemencia y a acosarle a preguntas sobre muchas cosas, [54]
acechándole para cazarle en alguna palabra.
Cap.
XII
[1]
En esto, habiéndose reunido una muchedumbre de miles de personas, hasta
atropellarse unos a otros, comenzó a decir en primer lugar a sus discípulos:
Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. [2]
Nada hay oculto que no sea descubierto, ni secreto que no llegue a
saberse. [3] Porque cuanto hayáis dicho en la oscuridad será
escuchado a la luz; cuanto hayáis hablado al oído bajo techo será
pregonado sobre los terrados.
[4]
A vosotros, amigos míos, os digo: no tengáis miedo a los que matan el
cuerpo y después de esto no pueden hacer nada más. [5] Os
enseñaré a quién habéis de temer: temed al que después de dar muerte
tiene poder para arrojar en el infierno. Sí, os digo: temed a éste. [6]
¿No se venden cinco pajarillos por dos ases? Pues bien, ni uno sólo de
ellos queda olvidado ante Dios. [7] Aún más, hasta los
cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis: vosotros valéis
más que muchos pajarillos.
[8]
Os digo, pues: todo el que me confiese ante los hombres, también el Hijo
del Hombre le confesará ante los ángeles de Dios. [9] Pero el
que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles
de Dios.
[10]
Todo el que diga una palabra contra el Hijo del Hombre, será perdonado;
pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no será perdonado.
[11]
Cuando os lleven a las sinagogas, y ante los magistrados y las
autoridades, no os preocupéis de cómo defenderos, o qué tenéis que
decir, [12] porque el Espíritu Santo os enseñará en aquella
hora qué es lo que hay que decir.
[13]
Uno de entre la multitud le dijo: Maestro, di a mi hermano que reparta la
herencia conmigo. [14] Pero él le respondió: Hombre, ¿quién
me ha constituido juez o repartidor entre vosotros? [15] Y añadió:
Estad alerta y guardaos de toda avaricia, porque si alguien tiene
abundancia de bienes, su vida no depende de aquello que posee. [16]
Y les propuso una parábola diciendo: Las tierras de cierto hombre rico
dieron mucho fruto, [17] y pensaba para sus adentros: ¿qué
haré, pues no tengo donde guardar mi cosecha? [18] Y dijo:
Esto haré: voy a destruir mis graneros, y construiré otros mayores, y
allí guardaré todo mi trigo y mis bienes. [19] Entonces diré
a mi alma: alma, ya tienes muchos bienes almacenados para muchos años.
Descansa, come, bebe, pásalo bien. [20] Pero Dios le dijo:
Insensato, esta misma noche te reclaman el alma; lo que has preparado, ¿para
quién será? [21] Así ocurre al que atesora para sí y no es
rico ante Dios.
[22]
Dijo a sus discípulos: Por eso os digo: no andéis preocupados por
vuestra vida: qué vais a comer; o por vuestro cuerpo: con qué os vais a
vestir. [23] En efecto, la vida vale más que el alimento, y el
cuerpo más que el vestido. [24] Fijaos en los cuervos: no
siembran ni siegan; no tienen despensa ni granero, pero Dios los alimenta.
¡Cuánto más valéis vosotros que las aves! [25] ¿Quién de
vosotros, por más que cavile, puede añadir un codo a su edad? [26]
Si no podéis ni lo más pequeño, ¿por qué os preocupáis por las demás
cosas? [27] Contemplad los lirios, cómo crecen; no se fatigan
ni hilan, pero yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse
como uno de ellos. [28] Y si Dios viste así a la hierba del
campo, que hoy es y mañana se echa al horno, ¡cuánto más a vosotros,
hombres de poca fe! [29] Así, vosotros no andéis buscando qué
comer o qué beber, y no estéis inquietos. [30] Por todas esas
cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre que necesitáis de
ellas. [31] Buscad más bien el Reino de Dios y su justicia, y
esas cosas se os darán por añadidura.
[32]
No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros
el Reino. [33] Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos
bolsas que no envejecen, un tesoro que no se agota en el Cielo, donde el
ladrón no llega ni corroe la polilla. [34] Porque donde está
vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón.
[35]
Tened ceñidas vuestras cinturas y las lámparas encendidas, [36]
y estad como quienes aguardan a su amo cuando vuelve de las nupcias, para
abrirle al instante en cuanto venga y llame. [37] Dichosos
aquellos siervos a los que al volver su amo los encuentre vigilando. En
verdad os digo que se ceñirá la cintura, les hará sentar a la mesa y
acercándose les servirá. [38] Y si viniese en la segunda
vigilia o en la tercera, y los encontrase así, dichosos ellos. [39]
Sabed esto: si el dueño de la casa conociera a qué hora va a llegar el
ladrón, no permitiría que se horadase su casa. [40] Vosotros,
pues, estad preparados, porque a la hora que menos pensáis viene el Hijo
del Hombre.
[41]
Y le preguntó Pedro: Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por
todos? [42] El Señor respondió: ¿Quién piensas que es el
administrador fiel y prudente, a quien el amo pondrá al frente de su
casa, para dar a tiempo la ración adecuada? [43] Dichoso aquel
siervo, al que encuentre obrando así su amo cuando vuelva. [44]
En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes. [45]
Pero si aquel siervo dijera en sus adentros: mi amo tarda en venir, y se
pusiera a golpear a los criados y criadas, a comer, a beber y a
emborracharse, [46] llegará el amo de aquel siervo el día
menos pensado, a una hora imprevista, lo castigará duramente y le dará
el pago de los que no son fieles. [47] El siervo que,
conociendo la voluntad de su amo, no fue previsor ni actuó conforme a la
voluntad de aquél, será muy azotado; [48] en cambio, el que
sin saberlo hizo algo digno de castigo, será poco azotado. A todo el que
se le ha dado mucho, mucho se le exigirá, y al que le encomendaron mucho,
mucho le pedirán.
[49]
Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda? [50]
Tengo que ser bautizado con un bautismo, y ¡cómo me siento urgido hasta
que se lleve a cabo! [51] ¿Pensáis que he venido a traer paz
a la tierra? No, os digo, sino división. [52] Pues desde
ahora, habrá cinco en una casa divididos: tres contra dos y dos contra
tres, [53] se dividirán el padre contra el hijo y el hijo
contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la
suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.
[54]
Decía a las multitudes: Cuando veis que sale una nube por el poniente, en
seguida decís: va a llover, y así sucede. [55] Y cuando sopla
el sur, decís: viene bochorno, y sucede. [56] ¡Hipócritas!
Sabéis interpretar el aspecto del cielo y de la tierra: entonces, ¿cómo
es que no sabéis interpretar este tiempo? [57] ¿Por qué no
sabéis discernir por vosotros mismos lo que es justo?
[58]
Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura ponerte de acuerdo
con él en el camino, no sea que te obligue a ir al juez, y el juez te
entregue al alguacil, y el alguacil te meta en la cárcel. [59]
Te aseguro que no saldrás de allí hasta que pagues el último céntimo.
Cap.
XIII
[1]
Estaban presentes en aquel momento unos que le contaban lo de los
galileos, cuya sangre mezcló Pilato con la de sus sacrificios. [2]
Y en respuesta les dijo: ¿Pensáis que estos galileos fueron más
pecadores que todos los galileos, porque han padecido tales cosas? [3]
¡No!, os lo aseguro; pero si no hacéis penitencia, todos pereceréis
igualmente. [4] O aquellos dieciocho sobre los que cayó la
torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que fueron más culpables que
todos los hombres que vivían en Jerusalén? [5] ¡No!, os lo
aseguro; pero si no hacéis penitencia, todos pereceréis igualmente.
[6]
Les decía esta parábola: Un hombre tenía una higuera plantada en su viña,
y vino a buscar en ella fruto y no encontró. [7] Entonces dijo
al viñador: Mira que hace tres años que vengo a buscar fruto en esta
higuera sin encontrarlo; córtala, ¿para qué va a ocupar terreno en
balde? [8] Pero él le respondió: Señor, déjala también
este año hasta que cave a su alrededor y eche estiércol, [9]
por si produce fruto; si no, ya la cortarás.
[10]
Un sábado estaba enseñando en una de las sinagogas. [11] Y
había allí una mujer poseída por un espíritu, enferma desde hacía
dieciocho años, y estaba encorvada sin poder enderezarse de ningún modo.
[12] Al verla Jesús, la llamó y le dijo: Mujer, quedas libre
de tu enfermedad. [13] Y le impuso las manos, y al instante se
enderezó y glorificaba a Dios.
[14]
Tomando la palabra el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús curaba
en sábado, decía a la muchedumbre: Seis días hay en los que es
necesario trabajar; venid, pues, en ellos a ser curados, y no en día de sábado.
[15] El Señor le respondió: ¡Hipócritas!, cualquiera de
vosotros ¿no suelta del pesebre en sábado su buey o su asno y lo lleva a
beber? [16] Y a ésta que es hija de Abrahán, a la que Satanás
ató hace ya dieciocho años, ¿no era conveniente soltarla de esta
atadura aun en día de sábado? [17] Y cuando decía esto,
quedaban avergonzados todos sus adversarios, y toda la gente se alegraba
por todas las maravillas que hacía.
[18]
Y decía: ¿A qué es semejante el Reino de Dios y con qué lo compararé?
[19] Es semejante a un grano de mostaza, que tomó un hombre y
lo echó en su huerto, y creció y llegó a ser un árbol, y las aves del
cielo anidaron en sus ramas.
[20]
Y dijo también: ¿Con qué compararé el Reino de Dios? [21]
Es semejante a la levadura que tomó una mujer y mezcló con tres medidas
de harina hasta que fermentó todo.
[22]
Y recorría ciudades y aldeas enseñando, mientras caminaba hacia Jerusalén.
[23] Y uno le dijo: Señor, ¿son pocos los que se salvan? El
les contestó: [24] Esforzaos para entrar por la puerta
angosta, porque muchos, os digo, intentarán entrar y no podrán. [25]
Una vez que el dueño de la casa haya entrado y cerrado la puerta, os
quedaréis fuera y empezaréis a golpear la puerta, diciendo: Señor, ábrenos.
Y os responderá: No sé de dónde sois. [26] Entonces empezaréis
a decir: Hemos comido y hemos bebido contigo, y has enseñado en nuestras
plazas. [27] Y os dirá: No sé de dónde sois; apartaos de mí
todos los que obráis la iniquidad. [28] Allí será el llanto
y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán y a Isaac y a Jacob y a
todos los profetas en el Reino de Dios, mientras que vosotros sois
arrojados fuera. [29] Y vendrán de Oriente y de Occidente y
del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. [30]
Pues hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.
[31]
En aquel momento se acercaron algunos fariseos diciéndole: Sal y aléjate
de aquí, porque Herodes te quiere matar. [32] Y les dijo: Id a
decir a ese zorro: he aquí que expulso demonios y realizo curaciones hoy
y mañana, y al tercer día acabo. [33] Pero es necesario que
yo siga mi camino hoy y mañana y al día siguiente, porque no cabe que un
profeta muera fuera de Jerusalén.
[34]
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y lapidas a los que te
son enviados; cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina
a sus polluelos bajo las alas, y no quisiste! [35] He aquí que
vuestra casa se os va a quedar desierta. Os aseguro que no me veréis
hasta que llegue el día en que digáis: Bendito el que viene en nombre
del Señor.
Cap.
XIV
[1]
Y sucedió que al entrar él un sábado a comer en casa de uno de los
principales fariseos, ellos le estaban observando. [2] Y he aquí
que se encontraba delante de él un hombre hidrópico. [3] Y
tomando la palabra, dijo Jesús a los doctores de la Ley y a los fariseos:
¿Es lícito curar en sábado o no? [4] Pero ellos callaron. Y
tomándolo, lo curó y lo despidió. [5] Y les dijo: ¿Quién
de vosotros, si se le cae al pozo un hijo o un buey, no lo saca enseguida
en día de sábado? [6] Y no pudieron responderle a esto.
[7]
Proponía a los invitados una parábola, al notar cómo iban eligiendo los
primeros puestos, diciéndoles: [8] Cuando seas invitado por
alguien a una boda, no te sientes en el primer puesto, no sea que otro más
distinguido que tú haya sido invitado por él, [9] y al llegar
el que os invitó a ti y al otro, te diga: cede el sitio a éste; y
entonces empieces a buscar, lleno de vergüenza, el último lugar. [10]
Al contrario, cuando seas invitado, ve a sentarte en el último lugar,
para que cuando llegue el que te invitó te diga: amigo, sube más arriba.
Entonces quedarás muy honrado ante todos los comensales. [11]
Porque todo el que se ensalza será humillado; y el que se humilla será
ensalzado.
[12]
Decía también al que le había invitado: Cuando des una comida o cena,
no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a
vecinos ricos, no sea que también ellos te devuelvan la invitación y te
sirva de recompensa. [13] Al contrario, cuando des un banquete,
llama a pobres, a tullidos, a cojos, y a ciegos; [14] y serás
bienaventurado, porque no tienen para corresponderte; se te recompensará
en la resurrección de los justos.
[15]
Cuando oyó esto uno de los comensales, le dijo: Bienaventurado el que
coma el pan en el Reino de Dios. [16] Pero él le dijo: Un
hombre daba una gran cena, e invitó a muchos. [17] Y envió a
su criado a la hora de la cena para decir a los invitados: Venid, pues ya
está todo preparado. [18] Y todos a una comenzaron a
excusarse. El primero le dijo: He comprado un campo y tengo necesidad de
ir a verlo; te ruego que me des por excusado. [19] Y otro dijo:
Compré cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlas; te ruego que me des por
excusado. [20] Otro dijo: Acabo de casarme, y por eso no puedo
ir. [21] Regresó el criado y contó esto a su señor.
Entonces, irritado el dueño de la casa, dijo a su criado: Sal ahora mismo
a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a los pobres, a los
tullidos, a los ciegos y a los cojos. [22] Y el criado dijo: Señor,
se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio. [23]
Entonces dijo el señor a su criado: Sal a los caminos y a los cercados y
obliga a entrar, para que se llene mi casa. [24] Os aseguro,
pues, que ninguno de aquellos hombres invitados gustará mi cena.
[25]
Iba con él mucha gente, y volviéndose les dijo: [26] Si
alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre y a la esposa y a los
hijos y a los hermanos y a las hermanas, hasta su propia vida, no puede
ser mi discípulo. [27] Y el que no toma su cruz y me sigue, no
puede ser mi discípulo.
[28]
Porque, ¿quién de vosotros, al querer edificar una torre, no se sienta
primero a calcular los gastos a ver si tiene para acabarla?, [29]
no sea que, después de poner los cimientos y no poder acabar, todos los
que lo vean empiecen a burlarse de él, [30] diciendo: este
hombre comenzó a edificar, y no pudo terminar. [31] O ¿qué
rey, que sale a luchar contra otro rey, no se sienta antes a deliberar si
puede enfrentarse con diez mil hombres al que viene contra él con veinte
mil? [32] Y si no, cuando todavía está lejos, envía una
embajada para pedir condiciones de paz. [33] Así pues,
cualquiera de vosotros que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser mi
discípulo.
[34]
La sal es buena; pero si hasta la sal se desvirtúa, ¿con qué se la
salará? [35] No es útil ni para la tierra ni para el
estercolero; la tiran fuera. Quien tenga oídos para oír, que oiga.
Cap.
XV
PARÁBOLAS
DE LA MISERICORDIA
[1]
Se le acercaban todos los publicanos y pecadores para oírle. [2]
Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: Este recibe a los
pecadores y come con ellos. [3] Entonces les propuso esta parábola:
[4] ¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una, no
deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se perdió
hasta encontrarla? [5] Y, cuando la encuentra, la pone sobre
sus hombros gozoso, [6] y, al llegar a casa, convoca a los
amigos y vecinos y les dice: Alegraos conmigo, porque he encontrado la
oveja que se me perdió. [7] Os digo que, del mismo modo, habrá
en el Cielo mayor alegría por un pecador que hace penitencia que por
noventa y nueve justos que no la necesitan.
[8]
O ¿qué mujer, si tiene diez dracmas y pierde una, no enciende una luz y
barre la casa y busca cuidadosamente hasta encontrarla? [9] Y
cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas diciéndoles: Alegraos
conmigo, porque he encontrado la dracma que se me perdió. [10]
Así, os digo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que
se arrepiente.
[11]
Dijo también: Un hombre tenía dos hijos. [12] El más joven
de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de hacienda que me
corresponde. Y les repartió los bienes. [13] No muchos días
después, el hijo más joven, reuniéndolo todo, se fue a un país lejano
y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente. [14]
Después de gastar todo, hubo una gran hambre en aquella región y él
empezó a pasar necesidad. [15] Fue y se puso a servir a un
hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus tierras a guardar
cerdos; [16] le entraban ganas de saciarse con las algarrobas
que comían los cerdos; y nadie se las daba. [17]
Recapacitando, se dijo: ¡cuántos jornaleros de mi padre tienen pan
abundante mientras yo aquí me muero de hambre! [18] Me
levantaré e iré a mi padre y le diré: padre, he pecado contra el Cielo
y contra ti; [19] ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame
como a uno de tus jornaleros. [20] Y levantándose se puso en
camino hacia la casa de su padre. Cuando aún estaba lejos, lo vio su
padre y se compadeció; y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello
y lo cubrió de besos. [21] Comenzó a decirle el hijo: Padre,
he pecado contra el Cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo
tuyo. [22] Pero el padre dijo a sus criados: Pronto, sacad el
mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los
pies; [23] traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a
celebrarlo con un banquete; [24] porque este hijo mío estaba
muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado. Y se
pusieron a celebrarlo.
[25]
El hijo mayor estaba en el campo; al volver y acercarse a casa oyó la música
y los cantos [26] y, llamando a uno de los criados, le preguntó
qué pasaba. [27] Este le dijo: Ha llegado tu hermano, y tu
padre ha matado el ternero cebado por haberle recobrado sano. [28]
Se indignó y no quería entrar, pero su padre salió a convencerlo. [29]
El replicó a su padre: Mira cuántos años hace que te sirvo sin
desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para
divertirme con mis amigos. [30] Pero en cuanto ha venido ese
hijo tuyo que devoró tu fortuna con meretrices, has hecho matar para él
el ternero cebado. [31] Pero él le respondió: Hijo, tú
siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; [32] pero había
que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha
vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado.
Cap.
XVI
[1]
Decía también a los discípulos: Había un hombre rico que tenía un
administrador, al que acusaron ante el amo de malversar la hacienda. [2]
Le llamó y le dijo: ¿Qué es esto que oigo de ti? Dame cuentas de tu
administración, porque ya no podrás seguir administrando. [3]
Y dijo para sí el administrador: ¿Qué haré, puesto que mi señor me
quita la administración? Cavar, no puedo; mendigar, me avergüenza. [4]
Sé lo que haré para que me reciban en sus casas cuando sea retirado de
la administración. [5] Y, convocando uno a uno a los deudores
de su amo, dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi señor? [6] El
respondió: Cien medidas de aceite. Y le dijo: Toma tu recibo; aprisa, siéntate
y escribe cincuenta. [7] Después dijo a otro: ¿Tú, cuánto
debes? El respondió: Cien cargas de trigo. Y le dijo: Toma tu recibo y
escribe ochenta. [8] El dueño alabó al administrador infiel
por haber actuado sagazmente; porque los hijos de este mundo son más
sagaces en lo suyo que los hijos de la luz.
[9]
Y yo os digo: haceos amigos con las riquezas injustas, para que, cuando
falten, os reciban en las moradas eternas.
[10]
Quien es fiel en lo poco también es fiel en lo mucho; y quien es injusto
en lo poco también es injusto en lo mucho.
[11]
Por tanto, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os
confiará la verdadera? [12] Y si en lo ajeno no fuisteis
fieles, ¿quién os dará lo vuestro?
[13]
Ningún criado puede servir a dos señores, pues odiará a uno y amará al
otro, o preferirá a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios
y al dinero.
[14]
Oían todas estas cosas los fariseos, que eran amantes del dinero, y se
burlaban de él. [15] Y les dijo: Vosotros os hacéis pasar por
justos delante de los hombres; pero Dios conoce vuestros corazones; porque
lo que parece ser excelso ante los hombres, es abominable delante de Dios.
[16]
La Ley y los Profetas llegan hasta Juan; desde entonces se evangeliza el
Reino de Dios y cada uno se esfuerza por él.
[17]
Es más fácil que pasen el cielo y la tierra que caiga un solo ápice de
la Ley.
[18]
Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio; y el
que se casa con la repudiada por su marido, comete adulterio.
[19]
Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y cada día
celebraba espléndidos banquetes. [20] Un pobre, en cambio,
llamado Lázaro, yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas, [21]
deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros
acercándose le lamían sus llagas. [22] Sucedió, pues, que
murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán; murió
también el rico y fue sepultado. [23] Estando en el infierno,
en medio de los tormentos, levantando sus ojos vio a lo lejos a Abrahán y
a Lázaro en su seno; [24] y gritando, dijo: Padre Abrahán,
ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en
agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en estas llamas. [25]
Contestó Abrahán: Hijo, acuérdate de que tú recibiste bienes durante
tu vida y Lázaro, en cambio, males; ahora, pues, aquí él es consolado y
tú atormentado. [26] Además de todo esto, entre vosotros y
nosotros hay interpuesto un gran abismo, de modo que los que quieren
atravesar de aquí a vosotros, no pueden; ni pueden pasar de ahí a
nosotros. [27] Y dijo: Te ruego entonces, padre, que le envíes
a casa de mi padre, [28] pues tengo cinco hermanos, para que
les advierta y no vengan también a este lugar de tormentos. [29]
Pero replicó Abrahán: Tienen a Moisés y a los Profetas. ¡Que los
oigan! [30] El dijo: No, padre Abrahán; pero si alguno de
entre los muertos va a ellos, se convertirán. [31] Y le dijo:
Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán aunque
uno de los muertos resucite.
Cap.
XVII
[1]
Dijo a sus discípulos: Es imposible que no vengan los escándalos; pero,
ay de aquel por quien vienen. [2] Más le valdría ajustarle al
cuello una piedra de molino y arrojarle al mar, que escandalizar a uno de
esos pequeños: [3] andaos con cuidado. Si tu hermano peca,
repréndele; y, si se arrepiente, perdónale. [4] Y si peca
siete veces al día contra ti, y siete veces vuelve a ti, diciendo: Me
arrepiento, le perdonarás.
[5]
Los Apóstoles dijeron al Señor: Auméntanos la fe. [6]
Respondió el Señor: Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a
este moral: arráncate y plántate en el mar, y os obedecería.
[7]
Si uno de vosotros tiene un siervo en la labranza o con el ganado y
regresa del campo, ¿acaso le dice: entra en seguida y siéntate a la
mesa? [8] ¿No le dirá, al contrario: prepárame la cena y
disponte a servirme mientras como y bebo, que después comerás y beberás
tú? [9] ¿Es que tiene que agradecerle al siervo el que haya
hecho lo que se le había mandado? [10] Pues igual vosotros,
cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: somos unos
siervos inútiles; no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer.
[11]
Y sucedió que, yendo de camino a Jerusalén, atravesaba los confines de
Samaría y Galilea; [12] y, cuando iba a entrar en un pueblo,
le salieron al paso diez leprosos, que se detuvieron a distancia [13]
y le dijeron gritando: Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros. [14]
Al verlos, les dijo: Id y presentaos a los sacerdotes. Y sucedió que
mientras iban, quedaron limpios. [15] Uno de ellos, al verse
curado, se volvió glorificando a Dios a gritos, [16] y fue a
postrarse a sus pies dándole gracias. Y éste era samaritano. [17]
Ante lo cual dijo Jesús: ¿No son diez los que han quedado limpios? Los
otros nueve ¿dónde están? [18] ¿No ha habido quien volviera
a dar gloria a Dios sino sólo este extranjero? [19] Y le dijo:
Levántate y vete; tu fe te ha salvado.
[20]
Interrogado por los fariseos sobre cuándo llegaría el Reino de Dios, él
les respondió: El Reino de Dios no viene con espectáculo; [21]
ni se podrá decir: vedlo aquí o allí; porque, mirad, el Reino de Dios
está ya en medio de vosotros.
[22]
Y dijo a los discípulos: Vendrá un tiempo en que desearéis ver uno solo
de los días del Hijo del Hombre, y no lo veréis. [23]
Entonces os dirán: vedlo aquí, o vedlo allí. No vayáis ni corráis
detrás. [24] Pues, como el relámpago fulgurante brilla de un
extremo a otro del cielo, así será en su día el Hijo del Hombre. [25]
Pero es necesario que antes padezca mucho y sea reprobado por esta
generación. [26] Y como ocurrió en los días de Noé, así
será también en los días del Hijo del Hombre. [27] Comían y
bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que Noé entró en el
arca, y vino el diluvio e hizo perecer a todos. [28] Lo mismo
sucedió en los días de Lot: comían y bebían, compraban y vendían,
plantaban y edificaban; [29] pero el día en que salió Lot de
Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre e hizo perecer a todos. [30]
Del mismo modo sucederá el día en que se manifieste el Hijo del Hombre. [31]
En aquel día, quien esté en el terrado y tenga sus cosas en la casa, no
baje por ellas; y lo mismo, quien esté en el campo, que no vuelva atrás.
[32] Acordaos de la mujer de Lot. [33] Quien
pretenda guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará
viva. [34] Yo os digo: aquella noche estarán dos en el mismo
lecho: uno será tomado y el otro dejado. [35] Habrá dos
moliendo juntas: una será tomada y la otra dejada.
[37]
Y a esto le dijeron: ¿Dónde, Señor? El les respondió: Dondequiera que
esté el cuerpo, allí se reunirán las águilas.
Cap.
XVIII
[1]
Les proponía una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no
desfallecer, [2] diciendo: En cierta ciudad había un juez que
no temía a Dios ni respetaba a los hombres. [3] También había
en aquella ciudad una viuda, que acudía a él diciendo: Hazme justicia
ante mi adversario. [4] Y durante mucho tiempo no quería. Sin
embargo al final se dijo a sí mismo: aunque no temo a Dios ni respeto a
los hombres, [5] ya que esta viuda está molestándome, le haré
justicia, para que no siga viniendo a importunarme. [6] Concluyó
el Señor: Prestad atención a lo que dice el juez injusto. [7]
¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a El día y
noche, y les hará esperar? [8] Os aseguro que les hará
justicia sin tardanza. ¿Pero cuando venga el Hijo del Hombre, acaso
encontrará fe sobre la tierra?
[9]
Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose
por justos y despreciaban a los demás: [10] Dos hombres
subieron al Templo para orar: uno era fariseo, y el otro publicano. [11]
El fariseo, quedándose de pie, oraba para sus adentros: Oh Dios, te doy
gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros,
ni como ese publicano. [12] Ayuno dos veces por semana, pago el
diezmo de todo lo que poseo. [13] Pero el publicano, quedándose
lejos, ni siquiera se atrevía a levantar sus ojos al cielo, sino que se
golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten compasión de mí que soy un
pecador. [14] Os digo que éste bajó justificado a su casa, y
aquél no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se
humilla será ensalzado.
[15]
Le llevaban también niños, para que los tocara. Al verlo los discípulos
les reñían. [16] Pero Jesús llamó a los niños y dijo:
Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque de los que
son como ellos es el Reino de Dios. [17] En verdad os digo que
quien no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él.
[18]
Cierto personaje distinguido le preguntó: Maestro bueno, ¿qué debo
hacer para heredar la vida eterna? [19] Le respondió Jesús:
¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno solo, Dios. [20]
Sabes los mandamientos: no cometerás adulterio, no matarás, no robarás,
no dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre. [21]
El respondió: Todo esto lo he guardado desde la adolescencia. [22]
Después de oírlo le dijo Jesús: Aún te falta una cosa: vende todo lo
que tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en los Cielos. Luego,
ven y sígueme. [23] Pero al oír estas cosas se puso triste,
porque era muy rico. [24] Viéndole entristecerse, dijo Jesús:
¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!
[25] Es más fácil que un camello pase por el ojo de una
aguja, que un rico entre en el Reino de Dios. [26] Los que
escuchaban dijeron: ¿Entonces quién puede salvarse? [27] El
respondió: Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios.
[28]
Entonces dijo Pedro: Pues nosotros hemos dejado nuestras cosas y te hemos
seguido. [29] Y Jesús les respondió: Os aseguro que no hay
nadie que haya dejado casa, o mujer, o hermanos, o padres, o hijos por
causa del Reino de Dios, [30] que no reciba mucho más en este
mundo y, en el venidero, la vida eterna.
[31]
Tomando consigo a los doce, les dijo: Mirad, subimos a Jerusalén, y se
cumplirán todas las cosas que han sido escritas por medio de los Profetas
acerca del Hijo del Hombre: [32] será entregado a los gentiles
y se burlarán de él, será insultado y escupido, [33] y,
después de azotarlo, lo matarán, y al tercer día resucitará. [34]
Pero ellos no comprendieron nada de esto: era éste un lenguaje que les
resultaba incomprensible, y no entendían las cosas que decía.
[35]
Ocurrió que al llegar a Jericó había un ciego sentado junto al camino
mendigando. [36] Y al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué
era aquello. [37] Le contestaron: Es Jesús Nazareno que pasa. [38]
Y gritó diciendo: Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí. [39]
Y los que iban delante le reprendían para que se callara. Pero él
gritaba mucho más: Hijo de David, ten piedad de mí. [40] Jesús,
parándose, mandó que lo trajeran ante él. Y cuando se acercó, le
preguntó: [41] ¿Qué quieres que te haga? El dijo: Señor,
que vea. [42] Y Jesús le dijo: Ve, tu fe te ha salvado. [43]
Y al instante vio, y le seguía glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al
presenciarlo, alabó a Dios.
Cap.
XIX
[1]
Entró en Jericó y atravesaba la ciudad. [2] Había un hombre
llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos y rico. [3]
Intentaba ver a Jesús para conocerle, pero no podía a causa de la
muchedumbre, porque era pequeño de estatura. [4] Y, adelantándose
corriendo, subió a un sicómoro para verle, porque iba a pasar por allí.
[5] Cuando Jesús llegó al lugar, levantando la vista, le
dijo: Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa. [6]
Bajo rápido y lo recibió con gozo. [7] Al ver esto, todos
murmuraban diciendo que había entrado a hospedarse en casa de un pecador.
[8] Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor: Señor, doy la mitad
de mis bienes a los pobres y si he defraudado en algo a alguien le
devuelvo cuatro veces más. [9] Jesús le dijo: Hoy ha llegado
la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán; [10]
porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba
perdido.
[11]
Cuando la gente estaba oyendo estas cosas añadió una parábola, porque
él estaba cerca de Jerusalén y ellos pensaban que el Reino de Dios se
manifestaría en seguida. [12] Dijo pues: Un hombre noble marchó
a una tierra lejana a recibir la investidura real y volverse. [13]
Llamó a diez siervos suyos, les dio diez minas y les dijo: Negociad hasta
mi vuelta. [14] Sus ciudadanos le odiaban y enviaron una
embajada tras él para decir: No queremos que éste reine sobre nosotros. [15]
Al volver, recibida ya la investidura real, mandó llamar ante sí a
aquellos siervos a quienes había dado el dinero, para saber cuánto habían
negociado. [16] Vino el primero y dijo: Señor, tu mina ha
producido diez. [17] Y le dijo: Bien, siervo bueno, porque has
sido fiel en lo poco ten potestad sobre diez ciudades. [18]
Vino el segundo y dijo: Señor, tu mina ha producido cinco. [19]
Le dijo a éste: Tú ten también el mando de cinco ciudades. [20]
Vino el otro y dijo: Señor, aquí está tu mina, que he tenido guardada
en un pañuelo; [21] pues tuve miedo de ti porque eres hombre
severo, tomas lo que no depositaste y siegas lo que no sembraste. [22]
Le dice: Por tus palabras te juzgo, mal siervo; ¿sabías que yo soy
hombre severo, que tomo lo que no he depositado y siego lo que no he
sembrado? [23] ¿Por qué no pusiste mi dinero en el banco? Así,
al volver yo lo hubiera retirado con intereses. [24] Y dijo a
los presentes: Quitadle la mina y dádsela al que tiene diez. [25]
Entonces le dijeron: Señor, ya tiene diez minas. [26] Os digo
que a todo el que tiene se le dará, pero al que no tiene hasta lo que
tiene se le quitará. [27] En cuanto a esos enemigos míos que
no han querido que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos en mi
presencia.
MINISTERIO EN JERUSALÉN
[28]
Dicho esto, caminaba delante de ellos subiendo a Jerusalén.
[29]
Y cuando llegó cerca de Betfagé y Betania, que están junto al monte
llamado de los Olivos, envió a dos discípulos [30] diciendo:
Id a la aldea que está enfrente; al entrar encontraréis un borrico
atado, en el que todavía no ha montado nadie; desatadlo y traedlo. [31]
Y si alguno os pregunta por qué lo desatáis le diréis así: porque el
Señor lo necesita. [32] Los enviados fueron y lo encontraron
tal como les había dicho. [33] Al desatar el borrico sus dueños
les dijeron: ¿Por qué desatáis el borrico? [34] Ellos
contestaron: Porque el Señor lo necesita. [35] Se lo llevaron
a Jesús. Y echando sus mantos sobre el borrico hicieron montar a Jesús. [36]
Según él avanzaba extendían sus mantos en el camino. [37] Al
acercarse, ya en la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de
los discípulos, llena de alegría, comenzó a alabar a Dios en alta voz
por todos los prodigios que habían visto, [38] diciendo: ¡Bendito
el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el Cielo y gloria en las
alturas!
[39]
Algunos fariseos de entre la multitud le dijeron: Maestro, reprende a tus
discípulos. [40] El les respondió: Os digo que si éstos
callan gritarán las piedras.
[41]
Y cuando se acercó, al ver la ciudad, lloró sobre ella, [42]
diciendo: ¡Si conocieras también tú en este día lo que te lleva a la
paz!; sin embargo, ahora está oculto a tus ojos. [43] Porque
vendrán días sobre ti en que no sólo te rodearán tus enemigos con
vallas, y te cercarán y te estrecharán por todas partes, [44]
sino que te aplastarán contra el suelo a ti y a tus hijos que están
dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has
conocido el tiempo de la visita que se te ha hecho.
[45]
Entró en el Templo y comenzó a expulsar a los que vendían, [46]
diciéndoles: Está escrito: Mi casa será casa de oración, pero vosotros
habéis hecho de ella una cueva de ladrones. [47] Y enseñaba
todos los días en el Templo. Pero los príncipes de los sacerdotes y los
escribas intentaban acabar con él, lo mismo que los jefes del pueblo, [48]
pero no encontraban cómo hacerlo, pues todo el pueblo estaba pendiente
escuchándole.
Cap.
XX
[1]
Un día, mientras enseñaba y evangelizaba al pueblo en el Templo, se
acercaron los sumos sacerdotes y los escribas con los ancianos [2]
y le dijeron: Dinos: ¿con qué potestad haces estas cosas?; ¿quién es
el que te ha dado tal potestad? [3] Les respondió: También yo
os preguntaré una cosa. Decidme: [4] ¿el bautismo de Juan era
del Cielo o de los hombres? [5] Ellos razonaban entre sí: Si
decimos del Cielo dirá: ¿por qué no le creísteis?; [6] pero
si decimos de los hombres, todo el pueblo nos apedreará, porque está
convencido de que Juan es un profeta. [7] Y respondieron que no
sabían de dónde era. [8] Entonces les dijo Jesús: Tampoco yo
os digo con qué potestad hago esto.
[9]
Comenzó a exponer al pueblo la siguiente parábola: Un hombre plantó una
viña, la arrendó a unos viñadores, y se ausentó por mucho tiempo. [10]
A su tiempo envió un siervo a los viñadores, para que le dieran del
fruto de la viña. Pero los viñadores después de golpearlo lo
despacharon con las manos vacías. [11] Y volvió a enviarles
otro siervo. Pero ellos lo azotaron y lo ultrajaron, y lo despacharon con
las manos vacías. [12] Y volvió a enviarles un tercero, pero
ellos lo hirieron y lo echaron. [13] Dijo entonces el dueño de
la viña: ¿Qué haré? Enviaré a mi hijo amado; tal vez a él le
respetarán. [14] Pero los viñadores al verlo comentaron entre
ellos: Este es el heredero; matémosle, para que su herencia pase a
nosotros. [15] Y, sacándolo fuera de la viña, lo mataron. ¿Qué
hará, pues, con ellos el dueño de la viña? [16] Vendrá y
exterminará a esos viñadores, y dará la viña a otros. Al oírlo
dijeron: De ningún modo. [17] Pero él, fijando en ellos su
mirada, dijo: Entonces, ¿qué significa lo que está escrito: La piedra
que rechazaron los arquitectos, ésta ha llegado a ser la piedra angular?
[18]
Todo el que caiga sobre aquella piedra se estrellará, y aquel sobre quien
ella cayese, quedará aplastado. [19] Los escribas y los príncipes
de los sacerdotes intentaban ponerle las manos encima en aquel mismo
momento, pero tuvieron miedo al pueblo; pues se dieron cuenta de que por
ellos había dicho aquella parábola.
[20]
Y ellos, estando al acecho, enviaron espías que simulaban ser justos,
para cogerle en alguna palabra, y así entregarlo al poder y autoridad del
Procurador. [21] Le preguntaron: Maestro, sabemos que hablas y
enseñas rectamente, y no haces acepción de personas, sino que enseñas
el camino de Dios según la verdad. [22] ¿Nos es lícito dar
tributo al César, o no? [23] Mas él, percatándose de su
malicia, les dijo: [24] Mostradme un denario. ¿De quién es la
imagen e inscripción que tiene? Ellos contestaron: Del César. [25]
El les dijo: Pues bien, dad al César lo que es del César y a Dios lo que
es de Dios. [26] Y no pudieron cogerle en ninguna palabra ante
el pueblo, y admirados de su respuesta se callaron.
[27]
Se le acercaron algunos de los saduceos, los cuales niegan la resurrección,
y le preguntaron: [28] Maestro, Moisés nos dejó escrito que
si el hermano de uno muere dejando mujer, y éste no tiene hijos, su
hermano la tomará por mujer y dará descendencia a su hermano. [29]
Pues bien, eran siete hermanos; el primero tomó mujer y murió sin hijos,
[30] y lo mismo el siguiente; [31] también el
tercero la tomó por mujer; los siete, de igual manera, murieron y no
dejaron hijos. [32] Finalmente murió la mujer. [33]
Ahora bien: en la resurrección, la mujer ¿de quién será esposa? Porque
los siete la tuvieron como esposa. [34] Jesús les dijo: Los
hijos de este mundo toman mujer o marido; [35] sin embargo los
que sean dignos de alcanzar el otro mundo y la resurrección de los
muertos, no tomarán ni mujer ni marido. [36] Porque ya no podrán
morir otra vez, pues son iguales a los ángeles e hijos de Dios, siendo
hijos de la resurrección. [37] Que los muertos resucitarán lo
mostró Moisés en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor Dios de
Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Jacob. [38] Pues no es Dios
de muertos, sino de vivos; todos viven para El. [39] Tomando la
palabra, algunos escribas dijeron: Maestro, has hablado bien. [40]
Y ya no se atrevían a preguntarle más.
[41]
Les preguntó: ¿Como dicen que el Cristo es Hijo de David? [42]
Pues el mismo David dice en el libro de los Salmos: Dijo el Señor a mi Señor:
Siéntate a mi derecha, [43] hasta que ponga a tus enemigos
como escabel de tus pies. [44] Pues si David le llama Señor,
¿cómo puede ser hijo suyo?
[45]
Oyéndolo todo el pueblo, dijo a sus discípulos: [46] Guardaos
de los escribas, que gustan pasear vestidos con largas túnicas, y anhelan
los saludos en las plazas, los primeros asientos en las sinagogas, los
primeros puestos en los banquetes, [47] que devoran las casas
de las viudas y fingen largas oraciones: éstos recibirán una condena más
severa.
Cap.
XXI
[1]
Al levantar la vista, vio a unos ricos que echaban sus ofrendas en el
gazofilacio. [2] Vio también a una viuda pobre que echaba allí
dos pequeñas monedas, [3] y dijo: En verdad os digo que esta
viuda pobre ha echado más que todos; [4] pues todos éstos han
entregado como ofrenda parte de lo que les sobra, ésta en cambio ha dado
de lo que necesita, todo lo que tenía para vivir.
[5]
Como algunos le hablaban del Templo, que estaba adornado con bellas
piedras y ofrendas votivas, dijo: [6] Vendrán días en los que
de esto que veis no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida. [7]
Le preguntaron: Maestro, ¿cuándo acontecerá esto, y cuál será la señal
de que comienza a suceder? [8] El dijo: Mirad, no os dejéis
engañar; pues muchos vendrán en mi nombre diciendo: Yo soy, y el momento
está próximo. No les sigáis. [9] Cuando oigáis rumores de
guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan
primero estas cosas, pero el fin no es inmediato.
[10]
Entonces les decía: Se levantará pueblo contra pueblo y reino contra
reino; [11] habrá grandes terremotos y hambre y peste en
diversos lugares; habrá cosas aterradoras y grandes señales en el cielo.
[12] Pero antes de todas estas cosas os echarán mano y os
perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, llevándoos
ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: [13] esto os
sucederá para dar testimonio. [14] Determinad, pues, en
vuestros corazones no tener preparado cómo habéis de responder; [15]
porque yo os daré palabras y sabiduría que no podrán resistir ni
contradecir todos vuestros adversarios. [16] Seréis entregados
incluso por padres y hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de
vosotros, [17] y seréis odiados por todos a causa de mi
nombre. [18] Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. [19]
Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.
[20]
Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed entonces que se
acerca su desolación. [21] En aquella hora, quienes estén en
Judea que huyan a los montes, y quienes estén dentro de la ciudad que se
marchen, y quienes estén en los campos que no entren en ella: [22]
éstos son días de castigo para que se cumpla todo lo escrito. [23]
¡Ay de las que estén encintas y de las que estén criando en aquellos días!
Porque habrá una gran calamidad sobre la tierra e ira sobre este pueblo. [24]
Caerán al filo de la espada y serán llevados cautivos a todas las
naciones; y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que se
cumpla el tiempo de los gentiles.
[25]
Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y sobre la
tierra angustia de las gentes, consternadas por el estruendo del mar y de
las olas, [26] perdiendo el aliento los hombres a causa del
terror y de la ansiedad que sobrevendrán a toda la tierra. Porque las
potestades de los Cielos se conmoverán. [27] Y entonces verán
al Hijo del Hombre venir sobre una nube con gran poder y gloria.
[28]
Cuando comiencen a suceder estas cosas, levantaos, y alzad vuestras
cabezas porque se aproxima vuestra redención.
[29]
Y les dijo una parábola: Observad la higuera y todos los árboles. [30]
Cuando ya echan brotes, al verlos, conocéis por ellos que ya está cerca
el verano. [31] Así también vosotros cuando veáis que sucede
todo esto, sabed que está cerca el Reino de Dios. [32] En
verdad os digo que no pasará esta generación hasta que se cumpla todo
esto. [33] El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no
pasarán.
[34]
Vigilad sobre vosotros mismos, para que vuestros corazones no estén
ofuscados por la crápula, la embriaguez y los afanes de esta vida, y no
sobrevenga aquel día de improviso sobre vosotros, [35] pues
caerá como un lazo sobre todos aquellos que habitan en la faz de toda la
tierra. [36] Vigilad orando en todo tiempo, a fin de que podáis
evitar todos estos males que van a suceder, y estar en pie delante del
Hijo del Hombre.
[37]
Durante el día enseñaba en el Templo, y salía a pasar la noche en el
monte llamado de los Olivos. [38] Y todo el pueblo acudía a él
muy de madrugada al Templo para oírle.
Cap.
XXII
PASIÓN Y MUERTE DE JESÚS
[1]
Se acercaba la fiesta de los Azimos, que se llama Pascua, [2] y
los príncipes de los sacerdotes y los escribas buscaban cómo acabar con
él, pero temían al pueblo. [3] Entro Satanás en Judas,
llamado Iscariote, uno de los doce. [4] Fue y habló con los príncipes
de los sacerdotes y los magistrados sobre el modo de entregárselo. [5]
Ellos se alegraron y convinieron en darle dinero. [6] El quedó
comprometido, y buscaba la ocasión propicia para entregárselo sin
tumulto.
[7]
Llegó el día de los Azimos, en el cual había que sacrificar la Pascua. [8]
Envió a Pedro y a Juan, diciéndoles: Id y preparadnos la Pascua para
comerla. [9] Ellos le dijeron: ¿Dónde quieres que la
preparemos? [10] Y les respondió: Mirad, cuando entréis en la
ciudad, os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua;
seguidle hasta la casa en que entre, [11] y decid al dueño de
la casa: el Maestro te dice: ¿dónde está la estancia en que he de comer
la Pascua con mis discípulos? [12] El os mostrará una
habitación superior, grande, aderezada. Preparadla allí. [13]
Marcharon y encontraron todo como les había dicho, y prepararon la
Pascua.
[14]
Cuando llegó la hora, se puso a la mesa y los Apóstoles con él. [15]
Y les dijo: Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes
de padecer, [16] porque os digo que no la volveré a comer
hasta que tenga su cumplimiento en el Reino de Dios. [17] Y
tomando el cáliz, dio gracias y dijo: Tomadlo y distribuidlo entre
vosotros; [18] pues os digo que a partir de ahora no beberé
del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios. [19] Y
tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Esto es mi
cuerpo, que es entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía. [20]
Y del mismo modo el cáliz después de haber cenado, diciendo: Este cáliz
es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros.
[21]
Pero he aquí que la mano del que me entrega está conmigo a la mesa. [22]
Porque el Hijo del Hombre se va, según está decretado; pero ¡ay de
aquel hombre por quien es entregado! [23] Y empezaron a
preguntarse entre sí quién de ellos sería el que iba a hacer tal cosa.
[24]
Entonces se suscitó entre ellos una disputa sobre quién sería tenido
como el mayor. [25] Pero él les dijo: Los reyes de las
naciones las dominan y los que tienen potestad sobre ellas son llamados
bienhechores; [26] no seáis así vosotros, sino que el mayor
entre vosotros hágase como el menor, y el que manda como el que sirve. [27]
Porque ¿quién es mayor: el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es
el que está a la mesa? Sin embargo, yo estoy en medio de vosotros como
quien sirve.
[28]
Vosotros sois los que habéis permanecido junto a mí en mis
tribulaciones. [29] Por eso yo os preparo un Reino como mi
Padre me lo preparó a mí, [30] para que comáis y bebáis a
mi mesa en mi Reino, y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce
tribus de Israel.
[31]
Simón, Simón, he aquí que Satanás os ha reclamado para cribaros como
el trigo. [32] Pero yo he rogado por ti para que no desfallezca
tu fe; y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos. [33]
El le dijo: Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y hasta
la muerte. [34] Pero Jesús le respondió: Te aseguro, Pedro,
que no cantará hoy el gallo sin que hayas negado tres veces haberme
conocido.
[35]
Y les dijo: Cuando os envié sin bolsa ni alforjas ni calzado, ¿acaso os
faltó algo? Nada, le respondieron. [36] Entonces les dijo:
Ahora en cambio, el que tenga bolsa, que la lleve; y del mismo modo
alforja; y el que no tenga, que venda su túnica y compre una espada. [37]
Pues os aseguro que debe cumplirse en mí lo que está escrito: Y fue
contado entre los malhechores. Porque lo que se refiere a mí llega a su
fin. [38] Ellos dijeron: Señor, he aquí dos espadas. Y él
les dijo: Ya basta.
[39]
Salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos; le siguieron también
los discípulos. [40] Llegado al lugar, les dijo: Orad para no
caer en tentación. [41] Y se apartó de ellos como a un tiro
de piedra y, puesto de rodillas, oraba [42] diciendo: Padre, si
quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la
tuya. [43] Se le apareció un ángel del Cielo que le
confortaba. Y entrando en agonía oraba con más intensidad. [44]
Y le vino un sudor como de gotas de sangre que caían hasta el suelo. [45]
Cuando se levantó de la oración y llegó hasta los discípulos, los
encontró adormilados por la tristeza. [46] Y les dijo: ¿Por
qué dormís? Levantaos y orad para no caer en tentación.
[47]
Todavía estaba hablando, cuando llegó un tropel de gente, y el llamado
Judas, uno de los doce, los precedía y se acercó a Jesús para besarle. [48]
Jesús le dijo: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre? [49]
Al ver los que estaban a su alrededor lo que iba a suceder, dijeron: Señor,
¿herimos con la espada? [50] Y uno de ellos hirió al criado
del Sumo Sacerdote y le cortó la oreja derecha. [51] Pero Jesús
respondiendo dijo: Dejad, basta ya; y tocándole la oreja, lo curó. [52]
Dijo después Jesús a los que habían venido contra él, sumos
sacerdotes, oficiales del Templo y ancianos: ¿Como contra un ladrón habéis
salido con espadas y garrotes? [53] Mientras estaba con
vosotros todos los días en el Templo, no alzasteis las manos contra mí.
Pero ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas.
[54]
Entonces le prendieron, se lo llevaron y lo metieron en casa del Sumo
Sacerdote. Pedro le seguía de lejos. [55] Habían encendido
fuego en medio del atrio y estaban sentados alrededor. Pedro estaba
sentado en medio de ellos. [56] Una criada, al verlo sentado a
la lumbre, fijándose en él dijo: [57] También éste estaba
con él. Pero él lo negó, y dijo: [58] No lo conozco, mujer.
Al poco tiempo viéndolo otro dijo: Tú también eres de ellos. Pero Pedro
replicó: Hombre, no lo soy. [59] Y pasada como una hora, otro
aseguró: Cierto, éste estaba con él, pues también es galileo. [60]
Y dijo Pedro: No sé, hombre, lo que dices. Y al instante, estando todavía
hablando, cantó un gallo. [61] El Señor se volvió y miró a
Pedro. Y recordó Pedro las palabras que el Señor le había dicho: Antes
que el gallo cante hoy, me habrás negado tres veces. [62] Salió
fuera y lloró amargamente.
[63]
Los hombres que custodiaban a Jesús se mofaban de él y le golpeaban. [64]
Entonces, tapándole la cara, le preguntaban: Profetiza, ¿quién es el
que te ha pegado? [65] Y decían contra él otras muchas
injurias.
[66]
Al hacerse de día se reunieron los ancianos del pueblo, los príncipes de
los sacerdotes y los escribas, y le condujeron al Sanedrín, [67]
diciéndole: Si tú eres el Cristo, dínoslo. Y les contestó: Si os lo
digo, no creeréis; [68] y si hago una pregunta, no me
responderéis. [69] No obstante, desde ahora estará el Hijo
del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios. [70]
Entonces dijeron todos: Luego ¿tú eres el Hijo de Dios? Les respondió:
Vosotros lo decís: yo soy. [71] Pero ellos dijeron: ¡Qué
necesidad tenemos ya de testimonio! Nosotros mismo lo hemos oído de su
boca.
Cap.
XXIII
[1]
Se levantó toda la multitud y llevaron a Jesús ante Pilato. [2]
Entonces empezaron a acusarle diciendo: Hemos encontrado a éste
soliviantando a nuestra gente y prohibiendo dar tributo al César; y dice
que él es Cristo Rey. [3] Pilato le preguntó: ¿Tú eres el
Rey de los Judíos? El le respondió: Tú lo dices. [4] Dijo
Pilato a los sumos sacerdotes y a la muchedumbre: No encuentro ningún
delito en este hombre. [5] Pero ellos insistían diciendo:
Subleva al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea,
hasta aquí.
[6]
Pilato al oírlo preguntó si aquel hombre era galileo. [7] Y
al saber que era de la jurisdicción de Herodes, lo remitió a Herodes,
que estaba también aquellos días en Jerusalén. [8] Herodes,
al ver a Jesús, se alegró mucho, pues deseaba verlo hacía mucho tiempo,
porque había oído muchas cosas acerca de él y esperaba verle hacer algún
milagro. [9] Le preguntó con mucha locuacidad, pero él no le
respondió nada. [10] También estaban allí los príncipes de
los sacerdotes y los escribas, acusándole con vehemencia. [11]
Herodes, junto con sus soldados, le despreció, se burló de él poniéndole
un vestido blanco, y le envió a Pilato. [12] Herodes y Pilato
se hicieron amigos aquel día, pues antes eran enemigos entre sí.
[13]
Pilato convocó a los príncipes de los sacerdotes, a los magistrados y al
pueblo, [14] y les dijo: Me habéis presentado a este hombre
como alborotador del pueblo. Y he aquí que yo le he interrogado delante
de vosotros, y no he hallado en este hombre delito alguno de los que le
acusáis; [15] ni tampoco Herodes, pues nos lo ha devuelto; por
tanto, nada ha hecho que merezca la muerte. [16] Así que,
después de castigarle, lo soltaré.
[18]
Pero toda la multitud clamó diciendo: Quita de en medio a ése y suéltanos
a Barrabás. [19] Este había sido encarcelado por cierta
sedición ocurrida en la ciudad y por un homicidio.
[20]
De nuevo Pilato les habló, queriendo poner en libertad a Jesús. [21]
Pero ellos continuaban gritando: Crucifícalo, crucifícalo. [22]
No obstante, por tercera vez, él les dijo: ¿Pues, qué mal ha hecho éste?
No encuentro en él ningún delito de muerte; por tanto, después de
castigarle, lo soltaré. [23] Pero ellos insistían a grandes
voces pidiendo que fuera crucificado, y sus gritos eran cada vez más
fuertes. [24] Pilato entonces decidió que se cumpliera su
petición; [25] soltó, pues, al que pedían, el cual había
sido encarcelado por sedición y homicidio; y a Jesús lo entregó al
arbitrio de ellos.
[26]
Cuando le llevaban echaron mano de un tal Simón de Cirene, que venía del
campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús.
[27]
Le seguía una gran multitud del pueblo y de mujeres, que lloraban y se
lamentaban por él. [28] Jesús, volviéndose a ellas, les
dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad más bien por
vosotras mismas y por vuestros hijos, [29] porque he aquí que
vienen días en que se dirá: dichosas las estériles y los vientres que
no engendraron y los pechos que no amamantaron.
[30]
Entonces comenzarán a decir a los montes: caed sobre nosotras; y a los
collados: sepultadnos; [31] porque si en el leño verde hacen
esto, ¿que se hará en el seco?
[32]
Llevaban también con él a dos malhechores para matarlos.
[33]
Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a él y a
los ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda. [34] Y
Jesús decía: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen. Y se
repartieron sus vestidos echando suertes.
[35]
El pueblo estaba mirando, y los jefes se burlaban de él y decían: Ha
salvado a otros, que se salve a sí mismo, si él es el Cristo de Dios, el
elegido. [36] Los soldados se burlaban también de él; se
acercaban y ofreciéndole vinagre [37] decían: Si tú eres el
Rey de los judíos, sálvate a ti mismo. [38] Había una
inscripción sobre él: «Este es el Rey de los judíos».
[39]
Uno de los ladrones crucificados le injuriaba diciendo: ¿No eres tú el
Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros. [40] Pero el otro le
reprendía: ¿Ni siquiera tú que estás en el mismo suplicio temes a
Dios? [41] Nosotros, en verdad, estamos merecidamente, pues
recibimos lo debido por lo que hemos hecho; pero éste no hizo mal alguno.
[42] Y decía: Jesús, acuérdate de mí, cuando llegues a tu
Reino. [43] Y le respondió: En verdad te digo: hoy estarás
conmigo en el Paraíso.
[44]
Era ya alrededor de la hora sexta, y las tinieblas cubrieron toda la
tierra hasta la hora nona. [45] Se oscureció el sol, y el velo
del Templo se rasgó por medio. [46] Y Jesús, clamando con una
gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo
esto expiró.
[47]
El centurión, al ver lo que había sucedido, glorificó a Dios diciendo:
Verdaderamente este hombre era justo. [48] Y toda la multitud
que se había reunido ante este espectáculo, al contemplar lo ocurrido,
regresaba golpeándose el pecho. [49] Pero todos los conocidos
de Jesús y las mujeres que le habían seguido desde Galilea estaban
contemplando a lo lejos estas cosas.
[50]
Había un hombre llamado José, varón bueno y justo, miembro del Sanedrín,
[51] el cual no había consentido a su decisión y a sus
acciones; era procedente de Arimetea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino
de Dios. [52] Este se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo
de Jesús. [53] Y habiéndolo descolgado lo envolvió en una sábana,
y lo puso en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido
colocado todavía. [54] Era el día de la Preparación y
clareaba el sábado. [55] Las mujeres, que habían venido con
él desde Galilea, fueron detrás y vieron el sepulcro y cómo fue
colocado su cuerpo. [56] Regresaron y prepararon aromas y ungüentos.
El sábado descansaron según el precepto.
Cap.
XXIV
RESURRECCIÓN Y ASCENSIÓN DEL SEÑOR JESÚS
[1]
Al día siguiente del sábado, muy de mañana, llegaron al sepulcro
trayendo los aromas que habían preparado; [2] y encontraron
que la piedra estaba removida del sepulcro. [3] Pero al entrar,
no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. [4] Y sucedió que,
estando desconcertadas por este motivo, he aquí que se les presentaron
dos varones con vestidura refulgente. [5] Como estuviesen
llenas de temor y con los rostros inclinados hacia tierra, ellos les
dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? [6]
No está aquí, sino que ha resucitado; recordad cómo os habló cuando aún
estaba en Galilea [7] diciendo que convenía que el Hijo del
Hombre fuera entregado en manos de hombres pecadores, y fuera crucificado
y resucitase al tercer día. [8] Entonces ellas se acordaron de
sus palabras. [9] Y al regresar del sepulcro anunciaron todo
esto a los Once y a todos los demás. [10] Eran María
Magdalena, Juana y María la de Santiago; también las otras que estaban
con ellas contaban estas cosas a los Apóstoles. [11] Y les
pareció como un desvarío lo que habían contado, y no les creían. [12]
Pedro, no obstante, levantándose corrió hacia el sepulcro; y al
inclinarse vio sólo el sudario. Entonces se volvió a casa admirado de lo
ocurrido.
[13]
El mismo día, dos de ellos iban a una aldea llamada Emaús, que distaba
de Jerusalén sesenta estadios. [14] Y conversaban entre sí de
todo lo que había acontecido. [15] Y sucedió que, mientras
comentaban y discutían, Jesús
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