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Primer Mandamiento |
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Exposición del caso: Sonia, que con 17 años estudia COU, tiene dos hermanos. El mayor, Luis (23 años), tiene un futuro prometedor, pues ha acabado brillantemente su carrera y ha empezado a cursar un "master". La pequeña es Marina, que tiene 14 años y estudia su curso de bachillerato sin especial brillantez, pues es bastante perezosa en todos los aspectos, aunque es inteligente y siempre sabe salir de aprietos.
Sonia
es muy aficionada a la lectura. En la asignatura de literatura le han
pedido la lectura de la novela San Manuel Bueno, mártir de Unamuno. Nunca
se había preocupado mucho de su formación doctrinal, y la lectura de ese
libro provoca la aparición de unos interrogantes sobre la fe. El
siguiente libro que le piden es El árbol de la ciencia de Baroja; como es
mucho más largo que el anterior, la profesora sólo exige que lean
algunos extractos, pero Sonia se enfrasca en su lectura, consciente del
carácter anticristiano de esa novela. Más adelante sigue leyendo
indiscriminadamente literatura contemporánea. Al cabo de pocos meses se
ve asaltada por muchas dudas sobre su fe. No habla de este tema con nadie,
pero con frecuencia piensa en ello, y llega a la conclusión de que no
puede afirmar la veracidad de la fe cristiana sin tener pruebas que le
convenzan de su autenticidad.
Un
día, su hermano Luis tiene un accidente con la motocicleta de gran
cilindrada que había comprado al acabar la carrera. Pronto se le
diagnostica una parálisis irreversible de cintura para abajo. Al
principio parece que lo asume bien, pero al cabo de poco su novia le
abandona sin previo aviso, y esto le acaba por hundir. Cuando Sonia va a
verlo, le encuentra llorando —nunca le había visto así— y abatido.
Entre otras cosas, le dice que ha perdido todos los motivos para seguir
viviendo, y que si pudiera se quitaría la vida; que una vida como la que
le esperaba era un sinsentido insufrible, y mejor sería dejar de existir,
o mejor aún, no haber existido nunca.
Sonia
sale del hospital aparentemente tranquila, pero por dentro le domina la
rabia. Volviendo a casa decide que a partir de ese momento, exista o no,
va a prescindir de Dios en su vida. Al cabo de unas semanas, sin que hubiera cambiado la situación, Marina llega un día a casa con las notas de la última evaluación. Son, con diferencia, las mejores notas de su vida. A solas las dos hermanas, Sonia, intrigada, le pregunta "qué mosca le había picado". Marina le contestó que había estado pensando qué podía hacer por su hermano. Como no podía devolverle la salud, pensó que por lo menos podía rezar para que lo llevara con resignación. Antes prácticamente no rezaba nunca, pensaba que era "un aburrimiento", y, aunque solía ir a Misa los domingos, "no se enteraba de nada" porque no atendía y tenía la cabeza en otra parte. Pero el accidente fue un revulsivo para ella. Tras varios días de hacer oración, había cambiado lo de "resignación" por "alegría", y tras meditar un poco pedía para él "que le volviera la esperanza". También había pensado qué le podía ofrecer a Dios, y lo mejor que se le había ocurrido "y que fuera en serio" era estudiar. "Bueno —añadió—, también me confesé, pues llevaba mucho tiempo y siempre lo dejaba para más adelante, pero eso se hace en un momento". Asimismo, dijo que pensaba animar a su hermano, pero que por el momento estaba esperando a que "se le pase un poco la tristeza" y a ser ella "un poco más mayor, o por lo menos que lo parezca, porque nunca me ha hecho ni caso". "Y de paso así doy una alegría a papá y mamá". Sonia se queda sin habla. Por una parte, su orgullo le dice que no quiere cambiar. Pero ve que, de hecho, si alguien ha hecho algo por Luis es Marina, no ella. Decide al final volver a pensar todo con calma.
Preguntas
que se formulan:
—
¿Cuándo comienza Sonia a descuidar su fe? ¿Cómo? ¿Cuál es la
valoración moral de su comportamiento? ¿Por qué? ¿Qué tendría que
haber hecho?
—
¿Es lo mismo "ser asaltado por dudas" que "decidir
dudar"? ¿Cuál es la diferencia? ¿Y su valoración moral? ¿Qué
pecados contra la fe comete Sonia? ¿Son todos graves? ¿Tienen la misma
gravedad? ¿Qué papel tiene el orgullo en su situación?
—
¿Hay, desde el punto de vista de la moral, desesperación en Luis? ¿No
parece que, al referirse sólo a la vida terrena, su actitud queda al
margen de la virtud de la esperanza? ¿Se le puede exigir una esperanza
que, en su situación, parece heroica? ¿Por qué? ¿Puede tener algo que
ver su estilo de vida anterior con su reacción tras el accidente? ¿Qué
piensas que se le podría decir para ayudarle? ¿Y a Sonia? — ¿Desde el punto de vista de la caridad con Dios, cómo juzgarías la situación de Marina antes y después de su cambio? ¿Y desde el punto de vista de la virtud de la religión? ¿Hay algún comportamiento en Sonia que se refiera a virtud de la caridad?
Bibliografía Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 309-314, 2083-2094, 2118-2128.
Comentario:
Dejando
aparte algunos aspectos de la virtud de la religión, que se tratan en
otros temas, el primer mandamiento de la ley de Dios comprende las
virtudes de la fe, esperanza y caridad con Dios (con el prójimo la
abarcan otros mandamientos). Aquí, sea en sentido positivo o negativo,
están representadas cada una por cada uno de los tres hermanos: la fe por
Sonia, la esperanza por Luis, la caridad hacia Dios por Marina.
Ya
se ha examinado la fe en algunos casos anteriores. Aquí nos centramos en
los aspectos morales. La fe es importantísima en la vida cristiana, pues
constituye su fundamento mismo: vivir cristianamente es vivir acorde con
la fe. Por eso hay una gravísima responsabilidad de conservarla y
robustecerla. Y esto depende de cada uno, pues Dios no va a dejar de dar
sus dones. Por eso, la fe nunca se pierde por las circunstancias, ni
porque uno "se encuentre" con que ya no le convencen las cosas
que antes le convencían. Si se pierde o se debilita, es por culpa propia.
Es por un acto de voluntad propio, que, cuando acepta algo malo,
constituye un pecado. Esto se ve con claridad en el caso. No es lo mismo
"verse asaltado" por dudas que "llegar a la conclusión de
que no puede afirmar la veracidad de la fe". Es, una vez más, la
diferencia entre sentir y consentir. Hay varios tipos de pecados contra la
fe. No tiene especial dificultad comprender el abandono de la fe, sea
parcialmente (herejía) o completamente (apostasía). Pero a veces el
pecado de duda necesita una explicación: el pecado consiste propiamente
en dudar —que es suspender el juicio— voluntariamente, no en que
vengan dudas e interrogantes a la cabeza.
Sonia
da un paso más cuando decide prescindir de Dios en su vida. Pasa de la
duda a la indiferencia, que es peor. Es éste un pecado que afecta tanto a
la fe como a la caridad.
Pero,
como aquí se pone de relieve, no siempre la existencia de tentaciones es
moralmente indiferente. No lo es cuando se buscan, o no se ponen los
medios razonables para evitarlas, cuando ello es posible. Y aquí es
posible. No lo es al principio, cuando tiene que leer un libro pernicioso
(los libros citados son ejemplos reales, y subyace aquí un ataque contra
la fe) por obligación. En ese caso, la obligación de Sonia consistiría
en poner los medios para compensar el posible daño que podría causar ese
libro. Pero más adelante ya no es una obligación, sino que sigue leyendo
cosas dañinas sólo porque quiere. Y eso es una grave irresponsabilidad.
Es ponerse voluntariamente en peligro de perder su fe; o sea, ponerse en
ocasión próxima de un pecado grave sin necesidad, que es ya un pecado.
¿Qué tipo de pecado? De imprudencia. No es un pecado que vaya
directamente contra la fe, sino indirectamente. Pero eso no quiere decir
que no pueda ser grave. Lo que sí ocurre es que, por ir contra una virtud
—aparte de la prudencia— indirectamente —aquí, contra la fe—,
resulta en ocasiones más difícil de valorar con precisión, aunque no es
éste el caso. Y es que, en la moral, la prudencia es muy importante,
pues, según se viva o no, salvaguarda la virtud o la pone en serio
peligro. En lo que concierne a la fe, el cuidado de las lecturas es un capítulo
muy importante a tener en cuenta.
El
gran enemigo de la fe es la soberbia. Para aceptar la fe se requiere la
humildad de rendir el juicio propio ante la autoridad de Dios. Cuando
alguien se aparta de la fe sobrestima su propio juicio, sus propias ideas,
que pone por encima de la Verdad recibida. A Sonia le sobra este amor
propio. Se nota en su itinerario —se notaría mejor si estuviera narrado
con más detalle—, y se nota en que, cuando tiene dificultades, sólo
quiere contar con ella misma y con su juicio para resolverlas: "no
habla de este tema con nadie". Mala cosa este cerrarse en sí misma,
justo cuando más necesita un consejo acertado, que no es posible recibir
de libros que de un modo u otro transmiten las propias crisis de fe de sus
autores.
Sonia
es un ejemplo de lo que no se debe hacer. A la inversa, muestra bastante
bien lo que sí se debe hacer. Lo que hay que hacer es robustecer la fe,
formarse bien —así tendremos respuestas para las dudas que surjan,
propias o ajenas—, cuidar lo que se lee —y lo que se ve, que también
influye— y pedir consejo. Y queda lo más importante: humildad y oración.
Luis
es un buen ejemplo de cómo se puede pasar fácilmente de la presunción a
la desesperación. Son los dos extremos en los que se puede pecar contra
la esperanza. El primero es un exceso de confianza..., pero no tanto en
Dios como en uno mismo. Se intuye que eso era lo que le pasaba antes del
accidente. No es difícil que suceda cuando parece que todo sale bien en
la vida, y que se consigue lo que se quiere con sólo proponérselo. Así
es fácil de entender que la confianza en Dios se vaya desvaneciendo. O
quizás puede "disfrazarse" de teorías que, en el fondo,
contemplan a un Dios que está al servicio propio, como las que dicen que
un Dios misericordioso no puede menos que salvarles hagan lo que hagan.
Como
la confianza estaba puesta en uno mismo y para nada en Dios, cuando se
vienen abajo los soportes humanos de esa confianza, sólo queda para
agarrarse... el vacío. Esto provoca la caída en el otro extremo: la
desesperación.
Como
puede verse, la esperanza no es una virtud que se refiera tan sólo al más
allá, a la salvación o condenación eternas. También se refiere a los
medios para conseguir esa salvación, y, con ellos, a la confianza en Dios
en esta vida, no sólo porque quiere que nos salvemos y no nos priva nunca
de los medios para conseguirlo, sino también, y por ello mismo, a que
esta vida tiene pleno sentido cuando se vive cara a Dios y cara a la
eternidad. La vida así siempre tiene sentido, por dolorosa que sea, y ese
sentido le da un carácter positivo, que permite la alegría y la
felicidad —no absoluta, que ésa está reservada para el más allá—.
Y, de un modo u otro, la vida —la providencia divina, que siempre está
detrás de todo lo que nos pasa—, se encarga siempre de enfrentarnos al
verdadero sentido de la vida. Nos corresponde a nosotros aprovechar esas
oportunidades. Luis no lo hace... por el momento. La esperanza también
hay que aplicarla a los demás: mientras alguien siga vivo en este mundo,
nunca hay que darlo por perdido ni por "causa imposible". El
episodio evangélico del llamado "buen ladrón" es buen ejemplo
de ello.
El
ejemplo de caridad es más positivo que los otros dos. En este caso se
trata de la caridad hacia Dios, pero el caso pone también de manifiesto cómo
está inseparablemente unida a la caridad para con el prójimo, pues
"el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien
no ve" (I Jn. 4, 20). En relación con Dios, Marina ha ido claramente de menos a más. No es frecuente —aunque hay casos— encontrar pecados como el odio a Dios, que, además de atentar contra este mandamiento, es el peor de los pecados, el del diablo. Pero sí es más frecuente encontrar el pecado de omisión: indiferencia hacia Dios, tibieza, tedio hacia todo lo que se refiere a Dios, abandono de la relación con Dios, etc. Era el caso de Marina. En este caso, más que la soberbia, era la pereza la culpable de esa situación. Pero reaccionó, y bien. Cuando se nos pide que amemos a Dios sobre todas las cosas, más que el resultado, se nos pide que pongamos los medios para ello. Si los ponemos, del resultado se encarga Dios mismo. Se ve la mano de Dios cuando, tras hacer oración, Marina cambia "resignación" por "alegría" y "esperanza". Y el caso es que Marina pone los principales medios: sacramentos y oración. Sin olvidarse del trabajo: hecho cara a Dios, se convierte en oración. |