|
|
| PROFESORES | |||||
| CASOS PRÁCTICOS |
|
|
Cuarto Mandamiento |
|
Exposición del caso: La madre de Patricio ha estado siempre muy pendiente de su educación. Desde el primer momento ha procurado que no le faltara nada, tanto en lo material como en lo espiritual. Escogió para él el colegio que según sus referencias mejor cuidaba la formación humana y cristiana. Siempre ha estado pendiente de lo que hacían sus hijos y con quién salían. Se esforzaba más si cabe viendo que su marido, un prestigioso médico, estaba muy absorbido por su trabajo, de forma que apenas podía estar con su familia, y cuando lo estaba adoptaba una postura pasiva debido sobre todo al cansancio. De hecho, Patricio había dicho alguna vez que apenas conocía a su padre.
Un día,
Patricio habla con su madre y le dice que ha decidido dedicar su vida por
entero a Dios, y que lo comenta con ella antes de dar el paso por ser su
madre. Ante la sorpresa de Patricio, su madre reacciona violentamente. Le
dice que "ni lo piense", y, gritando, que "quién le ha
metido esas ideas en la cabeza". Añade que tiene que obedecerla
"porque es su madre", que con 15 años es demasiado pequeño
para pensar una cosa así, y que no puede tomar esa decisión "porque
todavía no sabe nada de la vida"; "cuando seas mayor haces lo
que te dé la gana, pero ahora ni hablar". Patricio se queda
desconcertado.
A
partir de ese momento se suceden los acontecimientos. Al cabo de pocos días,
su madre traslada a Patricio de colegio, pasándole a uno con prestigio,
pero en el que no se cuida nada la formación cristiana. Aprovecha el
traslado para prohibir a su hijo que siga saliendo con sus anteriores
amigos. Patricio va dándose cuenta que se han relajado prohibiciones
anteriores: ya no le importa a su madre que el fin de semana vuelva tarde
por la noche a casa, y poco —o por lo menos, menos que antes— lo que
pueda ver por la televisión. Cuando llega el verano, la envía al
extranjero para aprender idiomas, y se encuentra con que el sitio es un
internado mixto donde el ambiente moral es francamente bajo.
Pasado
el desconcierto inicial, Patricio se enfada por esa reacción de su madre,
pues le parece injustificada. Piensa que eso le pasa por portarse bien y
contarle las cosas. Se dice a sí mismo que su vida es suya, y se
distancia de su madre. Cada vez que ésta le dice algo, Patricio le lleva
la contraria, y si le pide o le manda algo, discute y grita. Se da incluso
el caso, con los ánimos encrespados, de llamar a su madre "imbécil"
y alguna otra cosa peor sonante. Andando
un día por la calle, Patricio se encuentra con uno de sus antiguos
amigos, y le cuenta todo lo que ha pasado. En ese momento, se da cuenta de
algo que no había detectado antes: cuando más furioso y díscolo estaba
con su madre, antes acababa cediendo en lo que ella quería, y peor se
portaba, dejándose llevar en la práctica por sus planteamientos. Ve con
cierta envidia a su amigo, contento, como siempre, a diferencia de él,
que —entonces lo percibe con claridad— se está echando a perder. Debe
cambiar su conducta, aunque en principio no tiene claro cómo. De momento,
al menos, decide dos cosas: serenarse y volver a hablar con su amigo para
que le ayude a salir de esa situación, pues él solo se siente incapaz.
Preguntas
que se formulan:
— ¿Cumplía
bien el padre de Patricio con sus deberes familiares? ¿Por qué? ¿Es
justificable su conducta? ¿Hacía bien su madre en redoblar sus esfuerzos
tratando de suplirle, o debería más bien esforzarse en implicarle en
esos asuntos?
— ¿Tiene
algún límite la obediencia a los padres? ¿Tenía Patricio que obedecer
a su madre respecto de su decisión? ¿Por qué? ¿Es correcto decir que
cuando sea mayor puede "hacer lo que le dé la gana"? Si es así,
¿cuándo se puede decir que "se es mayor"? ¿Cómo juzgas los
argumentos que su madre da a Patricio? ¿Por qué crees que reacciona así?
— ¿Cómo
valoras moralmente el comportamiento de la madre? ¿Comete algún pecado
grave? ¿Son pecados sólo contra el 4º mandamiento, o también contra
algún otro? ¿Cómo juzgas moralmente cada una de las medidas que toma?
— ¿Cómo
valoras moralmente el comportamiento de Patricio? ¿Comete algún pecado
comportándose así con su madre? ¿Está justificada su reacción por la
conducta de su madre? — ¿Cuál
es el motivo de que cuando más furioso y díscolo está Patricio, antes
acaba cediendo? ¿Hace bien comentando su situación con su amigo? ¿Y citándose
con él a pesar de la prohibición materna? ¿Por qué? ¿Qué aconsejarías
a Patricio?
Bibliografía Vid.
Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 532-534, 902, 2196-2206, 2214-2233.
Comentario:
El
cuarto mandamiento se suele formular como "honrarás a tu padre y a
tu madre". Pero se refiere a esa cualificación que, por la
peculiaridad de la relación, tiene la caridad con el prójimo. Hay que
querer a todo el mundo, pero con algunas personas hay vínculos especiales
que cualifican esa caridad. Y entre estos vínculos destaca el parentesco.
Y en éste destaca, aparte de la relación entre esposos, la relación
padres—hijos. Por eso, el mandamiento se refiere por igual a hijos como
a padres. Pero "por igual" no significa que los deberes de cada
uno sean idénticos, pues la posición de cada cual es distinta. Y de esta
posición derivarán los deberes específicos.
El
deber absoluto, tanto de unos como de otros, es quererse. Y quererse de
manera especial, pues especial es su relación. Pero este quererse tiene
matices distintos en cada caso.
En el
caso de los hijos, querer a los padres en cuanto tales lleva a honrarles.
Se lo deben tanto por la posición que ocupan —la de hijos— como por
el agradecimiento que les deben: han recibido de ellos la vida, y después
los cuidados tanto materiales como espirituales, si éste es el caso. Por
eso faltar al respeto está mal —es un pecado—, sin que pueda servir
de excusa el convencimiento de que tienen razón. No hay por qué expresar
ese convencimiento irrespetuosamente, ni menos aún de modo insultante.
Por eso es fácil deducir que el comportamiento final de Patricio no es
precisamente ejemplar.
En el
caso de los padres, hay que entender bien qué significa querer a los
hijos. Dice el refrán que hay cariños que matan. Y es verdad, porque hay
cariños que, bajo las mejores apariencias, esconden una buena dosis de
egoísmo. Los padres deben distinguir bien el querer el bien de los hijos
del quererlos para ellos. Los hijos no son propiedad de sus padres, ni de
pequeños ni de grandes. No pueden por tanto pretender que configuren su
vida según el gusto de sus padres. En la medida en que los hijos tengan
la responsabilidad suficiente, corresponde a ellos decidir sobre sus
vidas: qué estudios van a elegir, dónde pretenden trabajar, con quién
se piensan casar..., o si no se piensan casar, no por irresponsables, sino
por lo contrario: porque responsablemente han escogido seguir a Dios por
otro camino. El que "se les vaya" el hijo es, tarde o temprano,
lo natural, lo que debe ser. Y ese "les" indica un sentido de
propiedad inaceptable: no pueden pretender "conservarles".
Educar es precisamente enseñar a los hijos a valerse por sí mismos. Y,
conforme lo aprenden, eligen por sí mismos..., y se van. Educar, en el
fondo, es preparar a los hijos precisamente para que se vayan. Lo cual no
implica, ni puede entenderse así, que se les quiera menos. Bien
entendido, debe ser al revés: poderse ir debe dejar en el hijo el
profundo agradecimiento de que ello ha sido posible por la educación que
ha recibido de sus padres; y, en los padres, debe dejar la satisfacción
del deber cumplido, aunque resulte costosa la separación física.
¿Podría
decirse que, en este caso, la madre de Patricio piensa honradamente que
todavía no tiene responsabilidad para una decisión de este calibre? Podría
pensarlo así, pero los hechos demuestran que no es honradamente. Si
pensara que todo el problema es lo prematuro de la decisión,
sencillamente pediría a su hijo que esperase, y no hubiera hecho todo lo
que estaba de su parte para impedir en el futuro esa decisión. Sería
ingenuo engañarse: si Patricio mantuviera su decisión a los 18 años,
tampoco se hubiera conformado.
¿Pero
no era la señora una buena cristiana, al menos al principio? Parece que sí,
pero algo fallaba... Parece que sí lo era, pero siempre y cuando le
salieran bien las cosas, o sea, más o menos a su gusto. Y cuando ese amor
a Dios se pone a prueba, se viene abajo. Y la prueba lo que prueba es la
autenticidad del amor. Su conducta posterior pone de manifiesto que, si
bien puede que "amara a Dios", desde luego no lo hacía
"sobre todas las cosas". Y, tarde o temprano, de una manera o de
otra, Dios pide a las personas que muestren que su amor hacia Él, y por
tanto la obediencia a sus planes, es sobre todas las cosas, incluidos los
planes para la propia vida... o para la de los hijos.
Lo
dicho hasta ahora proporciona los fundamentos para calibrar las
obligaciones "relativas". Las llamamos así porque normalmente
no son permanentes, no duran toda la vida, y no tienen siempre el mismo
alcance. Por parte de los padres, se trata de la manutención y educación.
El que vayan dirigidas en último término a que los hijos sean capaces de
valerse por sí mismos ya indica su alcance: mientras y en la medida en
que necesitan de ello. Hablamos de manutención y educación: el ser
humano no es pura materia, y no necesita sólo atención material. Por eso
es erróneo pensar que los padres cumplen su misión cuando "les dan
de todo", si ese "todo" no pasa de ser material..., o
incluso cuando incluye un buen colegio. Los padres necesitan del colegio
para completar su labor educativa, pero no pueden sentirse
"liberados" de la responsabilidad de educar por ello: esa
responsabilidad es indelegable, no pueden abdicar de ella. Y, obviamente,
cuando hablamos de "los padres" nos referimos a dos: el padre y
la madre. Ninguno puede faltar, ni por tanto dejar completamente esa
responsabilidad en manos del otro. Por eso, aun comprendiendo que
seguramente estaría ocupadísimo —y la profesión elegida en el caso se
presta a ello—, puede deducirse que el padre de Patricio incumple
gravemente su deber como padre. No cabe pensar que ya cumple su parte con
llevar a casa una buena cantidad de dinero todos los meses, y pagar un
buen colegio.
Cuando
los padres son cristianos, tienen además el deber de educar a sus hijos
en la fe. Es su obligación como padres, y es asimismo misión que les
encomienda la Iglesia. Es una obligación muy grave, y por tanto grave su
incumplimiento por parte de la madre de Patricio a partir del suceso
descrito. Porque a partir de ese momento, hace exactamente lo contrario de
lo que debería hacer. Es incluso un grave escándalo, porque lo que hace
es favorecer en su hijo el pecado, sea en relación a la fe como a la
pureza.
La
correspondencia de los hijos a esta atención de sus padres es la
obediencia. La obediencia está en relación con la dependencia. Por eso,
por un lado, no puede hacerse depender de una edad concreta. Así, por
ejemplo, no puede un hijo considerar que está eximido de respetar el
horario o las normas de convivencia de la casa de sus padres por el hecho
de tener la mayoría de edad legal. ¿Por qué? Pues precisamente porque
la casa en la que vive es la de sus padres, no la suya propia. Pero no
cabe pensar que hay un deber propiamente de obediencia en asuntos que
pertenecen a la decisión responsable sobre la vida propia. Y menos aún
cuando está Dios por medio: "Hay que obedecer a Dios antes que a los
hombres" (Hech. 5, 29). Lo narrado en el caso muestra el deterioro que produce el pecado, que, si no se endereza, lleva a nuevos pecados. Se aprecia en el comportamiento de la madre. Es también la explicación a lo que detecta Patricio: cede cuando se porta peor, porque es entonces cuando más vulnerable es al mal. Por fortuna, la formación que ha recibido no cae en saco roto —nunca lo hace—, y le permite darse cuenta y empezar a reaccionar. Es entonces cuando más se pone de relieve el valor de una buena amistad, de una amistad fiel. Fiel a Dios y a esa amistad. |