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Fue convocado por Inocencio IV para intentar resolver el
conflicto que oponía al Papa y al Emperador desde los
pontificados anteriores. El número de padres fue mucho menos
elevado que en los precedentes Concilios medievales debido a
las circunstancias políticas. Aunque los prelados franceses y
españoles fueron bastante numerosos, hubo pocos italianos e
ingleses. No asistió ningún obispo alemán, porque el Emperador
les había prohibido participar; tampoco hubo ningún obispo
húngaro, pues su país estaba entonces ocupado por los
tártaros.
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El Emperador latino de Constantinopla, acompañado de su
Patriarca, Nicolás de Arquato, el Patriarca Alberto de
Antioquía y el obispo Valeriano de Beirut representaban a los
cristianos de Tierra Santa. Federico II, el Emperador de
Alemania, acusado ante la asamblea, era defendido por su
abogado Tadeo de Sessa y sus colaboradores. En total, apenas
asistieron doscientos o trescientos prelados, de los que eran
obispos 140. El abogado del Emperador puso como pretexto, para
acusar al Papa, el haber convocado sólo a los enemigos de
Federico II. Inocencio IV refutó esta afirmación
personalmente. Según la costumbre, había convocado a todos los
metropolitanos, que habían recibido el encargo de trasmitir la
invitación a sus sufragáneos. Por primera vez, habían sido
invitados al lado de los abades de Cluny, de Citeaux y de
Clairvaux, los superiores generales de las nuevas órdenes,
Juan de Parma por los franciscanos y Juan el Teutónico por los
dominicos. |

Inocencio IV |
El Concilio
celebró tres sesiones solemnes, la de apertura el 28 de junio en
la catedral de S. Juan, la segunda, el 5 de julio, y la de
clausura, el 17 de julio. Inocencio IV escogió como tema de su
discurso las preocupaciones del Concilio: la corrupción de
costumbres de los clérigos y de los laicos; la situación
angustiosa de Tierra Santa; el cisma de los griegos y la
supervivencia del Imperio latino; la invasión de los tártaros y la
persecución de la Iglesia por el emperador Federico II. Acentuó
con vigor este último punto, subrayando el Papa que el Emperador
jamás cumplía sus promesas y que no respetaba los pactos que le
obligaban. Tadeo respondió con una hábil defensa en la que
justificó a su señor, convenciendo a muchos, sobre todo entre los
franceses y los ingleses, mientras los españoles seguían siendo
resueltamente partidarios del Romano Pontífice. En la segunda
sesión, el 5 de julio, dedicada a la prueba testifical, el
arzobispo de España atestiguó la opresión que la Iglesia había
tenido que sufrir por parte del Emperador. Muchos prelados le reprocharon la
captura de los obispos y los malos tratos sufridos por ellos en
1241, cuando Federico II se había opuesto a la celebración de un
Concilio en Roma. En muchas ocasiones se le acusó de herejía.
Tadeo fue menos persuasivo que la primera vez y reclamó el
aplazamiento de la tercera sesión hasta la llegada del Emperador.
Inocencio IV limitó la nueva demora a una semana y convocó a la
asamblea para el día 17.
Entre tanto,
el Concilio preparó sus decisiones y en dos ejemplares hizo una
compilación de los documentos en los que se hacía por parte de los
emperadores, de los soberanos y otros detentadores del poder
público alguna concesión a la Santa Sede. Con esta compilación,
llamada comúnmente después los Transsumpta de Lyon, el Papado
quería apoyar sus pretensiones frente al Emperador y a los otros
reyes. Se dio a cada padre conciliar un resumen de las acusaciones
contra Federico y se le pedía su opinión sobre la sentencia de
deposición. Todos los prelados interrogados estuvieron de acuerdo
en la sanción y sellaron la condenación final. Su número se eleva
a 15l. El 17 de julio se abrió la
sesión como estaba previsto. Inocencio IV hizo que se leyeran los Transsumpta.
Los ingleses protestaron a propósito de algunos textos y Tadeo de
Sessa se levantó para una última defensa. Sostuvo que la
convocación del Emperador no había sido hecha según las leyes, y
de antemano apeló «al futuro papa y a un Concilio verdaderamente
ecuménico». El Papa respondió dulce y modestamente que el Concilio era verdaderamente ecuménico y que si no
había más obispos la culpa era del Emperador, que les había
prohibido asistir. Afirmó públicamente que sus intenciones habían
sido afectuosas respecto al Emperador, a quien siempre había
advertido con anterioridad. Los representantes de los reyes de
Francia y de Inglaterra se aprovecharon de esto para intentar
ganar tiempo. Pero apoyado por la gran mayoría de la asamblea,
Inocencio IV mantuvo su decisión y se dio lectura a la bula de
deposición. No parece que haya habido una nueva excomunión.
Inmediatamente después, fue disuelto el concilio.
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Lyon
actualmente |
Al lado de esta medida esencial, sin embargo, se aprobaron una
serie de cánones. La mayor parte de ellos trataban de las
condiciones del ejercicio de la justicia eclesiástica. El canon
13 establecía la obligación que tenían los titulares de los
beneficios mayores de hacer el inventario de los bienes de la
Iglesia recibidos al comienzo del ejercicio de su cargo. Les
prohibía además alienarles o darles en prenda. Les obligó a
pagar sus deudas y a este efecto fue previsto todo un sistema
de contabilidad y de control para esta categoría superior de
beneficiarios. El canon 14 puso un impuesto a todos los
beneficios eclesiásticos en provecho del Imperio latino de
Constantinopla, expuesto a los constantes ataques de los
musulmanes. A pesar de este conjunto
de textos, este concilio no aparece como uno de los más
fecundos de la Edad Media. |
Bibliografía
Gran Enciclopedia Rialp
Neuss, Wilhem; La Iglesia en al Edad Media.
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