Dpto. Religión

4º ESO

Curso 2007/08

AÑO 1245  /  CONCILIO I DE LYON, PRESIDIDO POR INOCENCIO IV

 

                                                                                                                

Fue convocado por Inocencio IV para intentar resolver el conflicto que oponía al Papa y al Emperador desde los pontificados anteriores. El número de padres fue mucho menos elevado que en los precedentes Concilios medievales debido a las circunstancias políticas. Aunque los prelados franceses y españoles fueron bastante numerosos, hubo pocos italianos e ingleses. No asistió ningún obispo alemán, porque el Emperador les había prohibido participar; tampoco hubo ningún obispo húngaro, pues su país estaba entonces ocupado por los tártaros.

El Emperador latino de Constantinopla, acompañado de su Patriarca, Nicolás de Arquato, el Patriarca Alberto de Antioquía y el obispo Valeriano de Beirut representaban a los cristianos de Tierra Santa. Federico II, el Emperador de Alemania, acusado ante la asamblea, era defendido por su abogado Tadeo de Sessa y sus colaboradores. En total, apenas asistieron doscientos o trescientos prelados, de los que eran obispos 140. El abogado del Emperador puso como pretexto, para acusar al Papa, el haber convocado sólo a los enemigos de Federico II. Inocencio IV refutó esta afirmación personalmente. Según la costumbre, había convocado a todos los metropolitanos, que habían recibido el encargo de trasmitir la invitación a sus sufragáneos. Por primera vez, habían sido invitados al lado de los abades de Cluny, de Citeaux y de Clairvaux, los superiores generales de las nuevas órdenes, Juan de Parma por los franciscanos y Juan el Teutónico por los dominicos.

Inocencio IV

El Concilio celebró tres sesiones solemnes, la de apertura el 28 de junio en la catedral de S. Juan, la segunda, el 5 de julio, y la de clausura, el 17 de julio. Inocencio IV escogió como tema de su discurso las preocupaciones del Concilio: la corrupción de costumbres de los clérigos y de los laicos; la situación angustiosa de Tierra Santa; el cisma de los griegos y la supervivencia del Imperio latino; la invasión de los tártaros y la persecución de la Iglesia por el emperador Federico II. Acentuó con vigor este último punto, subrayando el Papa que el Emperador jamás cumplía sus promesas y que no respetaba los pactos que le obligaban. Tadeo respondió con una hábil defensa en la que justificó a su señor, convenciendo a muchos, sobre todo entre los franceses y los ingleses, mientras los españoles seguían siendo resueltamente partidarios del Romano Pontífice. En la segunda sesión, el 5 de julio, dedicada a la prueba testifical, el arzobispo de España atestiguó la opresión que la Iglesia había tenido que sufrir por parte del Emperador. Muchos prelados le reprocharon la captura de los obispos y los malos tratos sufridos por ellos en 1241, cuando Federico II se había opuesto a la celebración de un Concilio en Roma. En muchas ocasiones se le acusó de herejía. Tadeo fue menos persuasivo que la primera vez y reclamó el aplazamiento de la tercera sesión hasta la llegada del Emperador. Inocencio IV limitó la nueva demora a una semana y convocó a la asamblea para el día 17.

Entre tanto, el Concilio preparó sus decisiones y en dos ejemplares hizo una compilación de los documentos en los que se hacía por parte de los emperadores, de los soberanos y otros detentadores del poder público alguna concesión a la Santa Sede. Con esta compilación, llamada comúnmente después los Transsumpta de Lyon, el Papado quería apoyar sus pretensiones frente al Emperador y a los otros reyes. Se dio a cada padre conciliar un resumen de las acusaciones contra Federico y se le pedía su opinión sobre la sentencia de deposición. Todos los prelados interrogados estuvieron de acuerdo en la sanción y sellaron la condenación final. Su número se eleva a 15l. El 17 de julio se abrió la sesión como estaba previsto. Inocencio IV hizo que se leyeran los Transsumpta. Los ingleses protestaron a propósito de algunos textos y Tadeo de Sessa se levantó para una última defensa. Sostuvo que la convocación del Emperador no había sido hecha según las leyes, y de antemano apeló «al futuro papa y a un Concilio verdaderamente ecuménico». El Papa respondió dulce y modestamente que el Concilio era verdaderamente ecuménico y que si no había más obispos la culpa era del Emperador, que les había prohibido asistir. Afirmó públicamente que sus intenciones habían sido afectuosas respecto al Emperador, a quien siempre había advertido con anterioridad. Los representantes de los reyes de Francia y de Inglaterra se aprovecharon de esto para intentar ganar tiempo. Pero apoyado por la gran mayoría de la asamblea, Inocencio IV mantuvo su decisión y se dio lectura a la bula de deposición. No parece que haya habido una nueva excomunión. Inmediatamente después, fue disuelto el concilio.

Lyon actualmente

Al lado de esta medida esencial, sin embargo, se aprobaron una serie de cánones. La mayor parte de ellos trataban de las condiciones del ejercicio de la justicia eclesiástica. El canon 13 establecía la obligación que tenían los titulares de los beneficios mayores de hacer el inventario de los bienes de la Iglesia recibidos al comienzo del ejercicio de su cargo. Les prohibía además alienarles o darles en prenda. Les obligó a pagar sus deudas y a este efecto fue previsto todo un sistema de contabilidad y de control para esta categoría superior de beneficiarios. El canon 14 puso un impuesto a todos los beneficios eclesiásticos en provecho del Imperio latino de Constantinopla, expuesto a los constantes ataques de los musulmanes. A pesar de este conjunto de textos, este concilio no aparece como uno de los más fecundos de la Edad Media.

 Bibliografía

Gran Enciclopedia Rialp

Neuss, Wilhem; La Iglesia en al Edad Media.