Problemas con Felipe IV

La avaricia del Rey

 

 

En 1307 llegó el turno a los templarios. Para hacerse con sus riquezas, el rey necesitaba anular el prestigio de la orden y neutralizar su dependencia directa respecto del papa. Tenía, pues, que reunir acusaciones contra ellos.

El rey las obtuvo de algunos templarios que habían abandonado la orden o habían sido expulsados por su mala conducta. Por ejemplo, Esquiu de Floyran.

Para lograr su propósito, Felipe IV llegó a introducir doce espías en la Orden.

Tras informar a Clemente V de las acusaciones, otra maniobra real consistió en atraer a Francia al gran maestre, Jacobo de Molay (1243-1314), que residía en Chipre (sede central de la Orden). El Papa lo había mandado llamar para que se defendiera de las acusaciones.

Jacobo partió hacia Francia con un nutrido grupo de caballeros. El rey lo agasajó en París. Incluso le pidió que fuera padrino de uno de sus hijos. Sin embargo, el 22 de septiembre de 1307, con ayuda de Guillermo Imbert -confesor real y gran inquisidor del reino-, Felipe IV envió órdenes secretas para que el 13 de octubre se arrestara simultáneamente a todos los templarios residentes en Francia (más de 1000) y se incautaran sus bienes. Se les acusó de herejía.

El golpe fue tan inesperado que Clemente V protestó ante el abuso real y envió a dos cardenales para que el rey les entregase a los detenidos con sus bienes.

 

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