Disolución de la Orden

La disolución

 

Para abordar, entre otros asuntos, el proceso de los templarios, Clemente V convocó el concilio de Vienne. Comenzó el 16 de octubre de 1311. En la comisión que analizaba las actas del proceso, muchos hicieron notar que no cabía, en justicia, una condena contra la orden. Otros se manifestaron a favor de suprimirla.

El 20 de marzo, el rey llegó a la ciudad del concilio acompañado de un nutrido séquito. Dos días después, el Papa reunió un consistorio particular para dirimir la cuestión. La mayoría de los participantes votaron a favor de la supresión de los templarios, no por vía judicial sino por vía administrativa (lo cual evitaba que los afectados pudieran defenderse).

El Papa preparó la bula Vox in excelso y, el 3 de abril de 1312, la presentó al concilio, que no puso objeciones. En la sesión solemne, el rey francés se sentó junto al Papa.

Los templarios eran suprimidos -explicaba la bula- no como consecuencia de un juicio condenatorio, sino como provisión apostólica.

El Papa determinó posteriormente que los bienes confiscados (los que quedaban) fuesen destinados a la Orden de San Juan de Jerusalén. Pero Felipe IV, a través de sus ministros, ya había echado mano a buena parte del tesoro del Temple en París. Además, se vio libre de sus no pequeñas deudas con los templarios y recibió importantes sumas de dinero por diversos conceptos relacionados con el proceso. Su codicia quedó, en parte, satisfecha.

Clemente V también determinó que continuasen los procesos diocesanos, mientras se reservaba el juicio sobre el gran maestre y otros dirigentes de la orden (lo delegó luego en dos cardenales y el arzobispo de Sens).

El 18 de marzo de 1314, sin apenas tiempo para la defensa, los cuatro máximos dignatarios -el maestre Jacobo de Molay, Hugo de Pairaud, visitador de Francia, Godofredo de Charnay, preceptor de Normandía, y Godofredo de Gonneville, preceptor de Poitou- fueron condenados a cadena perpetua. A1 ser leída la sentencia, Jacobo de Molay y Godofredo de Charney proclamaron su inocencia:

"Nosotros no somos culpables de los crímenes que nos imputan; nuestro gran crimen consiste en haber traicionado, por miedo de la muerte, a nuestra Orden, que es inocente y santa".

Impresionados por este gesto de valor, los jueces decidieron celebrar al día siguiente una nueva sesión. Pero el rey ordenó, por su cuenta, que los dos templarios fuesen quemados vivos ese mismo día.

Algunos aseguran que, al reiterar en la hoguera su inocencia y la noble misión de su orden, Jacobo Molay predijo que Felipe IV y Clemente V comparecerían antes de un año ante la justicia divina. La muerte del papa el 20 de abril y, luego, la del rey (el 29 de noviembre) sobrecogieron a mucha gente.

 

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